Mateo Falcone – Próspero Mérimée

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Al salir de Porto-Vecchio, con dirección noroeste, hacia el interior de la isla, se ve rápidamente elevarse el terreno, y después de tres horas de marcha por tortuosas sendas, obstruidas por grandes trozos de rocas y cortadas a veces por barrancos, uno se encuentra al borde de un “malezal” muy extenso. El “malezal” es el refugio de los pastores, corsos y de cuantos tienen algo que ver con la justicia. Es preciso que se sepa que el labrador corso, para ahorrarse el trabajo de abonar su campo, incendia una cierta extensión del bosque, y tanto peor si el fuego se extiende más allá de lo que es necesario; ocurra lo que ocurra, se puede estar seguro de recoger una buena cosecha sembrando en la tierra fertilizada por las cenizas de los árboles. Cortadas las espigas, los tallos se dejan, para evitarse el trabajo de recogerlos; las raíces sobrantes, si no se han agostado, arrojan a la siguiente primavera espesísimos retoños, que en pocos años alcanzan una altura de siete u ocho pies. A esta especie de montuoso soto se le llama “malezal”. Lo componen variadas clases de árboles y arbustos, mezclados y confundidos a la buena de Dios. Sólo con un hacha en la mano, acertaría el hombre a abrirse paso por allí, y hay “malezal” tan espeso y tupido, que ni aun a los mismos cameros montaraces les sería dado penetrar en su interior.
Si usted ha matado a alguien, váyase al “malezal” de Porto-Vecchio, y allí vivirá seguro, con pólvora, balas y un buen fusil; no se olvide de una manta oscura, con su capucha correspondiente, que sirve de tapa y de colchón. Los pastores le proporcionarán leche, queso y castañas, y nada tendrá que temer de la justicia ni de los parientes del muerto sino cuando le sea preciso ir al pueblo para renovar las municiones.
Mateo Falcone, cuando yo estaba en Córcega en 18…, tenía su casa a una media legua de ese “malezal”. Era un hombre lo bastante rico para el país; vivía dignamente, esto es, sin hacer nada, del producto de sus rebaños, que algunos pastores, especie de nómadas, llevaban a pacer, de acá para allá, por los montes. Cuando lo vi, dos años antes del acontecimiento que motiva este relato, me pareció, sobre poco más o menos, de unos cincuenta años de edad. Imagínate, lector, un hombre pequeño, pero robusto, de encrespados cabellos, negros como el azabache, nariz aguileña, labios delgados, ojos grandes y vivos y una tez color de cuero. Pasaba, aun en su misma comarca, en la que tan buenos tiradores había, por ser un tirador extraordinario. Mateo, por ejemplo, no disparaba nunca a un carnero montaraz con postas, pero lo derribaba, en cambio, a ciento veinte pasos de un balazo en la cabeza o en la espalda, según su gusto. De noche se servía de sus armas tan fácilmente como de día, y de él se me ha referido el siguiente rasgo de destreza, que acaso parecerá increíble al que no haya viajado por Córcega. Se ponía a ochenta pasos una vela encendida detrás de un papel transparente del tamaño de un plato. Mateo apuntaba, se apagaba la luz después, y al cabo de un minuto, en la oscuridad más completa, disparaba y atravesaba el transparente tres de cada cuatro veces.
Con tales méritos, Mateo Falcone gozaba de una gran reputación. Se le tenía por tan buen amigo como enemigo peligroso; por lo demás, era servicial y caritativo y vivía en paz con todo el mundo en el distrito de Porto-Vecchio. Se contaba de él que en Corte, en donde se había casado, se había desembarazado muy expeditivamente de un rival, al que se tenía por tan temible en lances guerreros como en lides amorosas; al menos se le atribuía a Mateo un cierto escopetazo que sorprendió a su rival en el instante de afeitarse, frente a un espejo que pendía de su ventana. Se echó tierra al asunto y Mateo se casó. Su mujer, Giuseppa, lo hizo padre primeramente de tres hijas -para su disgusto-, y por último de un hijo, llamado Fortunato; éste era la esperanza de la familia y el heredero del apellido. Las hijas se habían casado bien: en caso necesario su padre podría disponer de los puñales y las escopetas de los respectivos maridos. Diez años tenía tan sólo el chico, pero anunciaba ya felices disposiciones.
Cierto día de otoño, muy de mañana, salió Mateo con su mujer para visitar uno de sus rebaños, en un claro del “malezal”. Fortunato quiso acompañarlos, pero el claro aquel estaba muy lejos, y, además, era preciso que alguien se quedara guardando la casa; por lo tanto, el padre se opuso; ya se verá si tuvo motivo para arrepentirse de ello.
Algunas horas después, Fortunato, tranquilamente tendido al sol, contemplaba las montañas azules y pensaba en su visita al pueblo, el próximo domingo, para comer en casa de su tío el “caporal”, cuando fue interrumpido de pronto en sus meditaciones por el disparo de un arma de fuego. Se puso en pie y miró a la parte de la llanura de donde vino aquel ruido. Otros disparos se oyeron, con intervalos diferentes, y cada vez más próximos; al poco, en la senda que conducía desde la llanura a la casa de Mateo, apareció un hombre tocado con un gorro puntiagudo, como el que usan los montañeses, barbudo, harapiento y arrastrándose trabajosamente apoyado en su escopeta. Acababa de recibir un balazo en el muslo.
Aquel hombre era un bandido que había salido de noche para comprar pólvora en la ciudad, y había caído a su vuelta en la emboscada que le prepararon los tiradores corsos1. Después de una vigorosa defensa, se vio obligado a buscar la retirada, tiroteado de roca en roca y perseguido de cerca; pero los soldados le estaban dando alcance, y su herida le imposibilitaba llegar al “malezal” sin ser atrapado.
Se acercó a Fortunato y le dijo:
-¿Eres el hijo de Mateo Falcone?
-Sí.
-Pues bien, yo soy Gianetto Sampiero, y me persiguen los cuellos amarillos2. Escóndeme, pues ya no puedo más.
-¿Y qué dirá mi padre si te escondo sin su permiso?
-Dirá que has hecho bien.
-¡Quién sabe!
-Escóndeme pronto, que se acercan.
-Espera a que regrese mi padre.
-¿Que espere? ¡Maldición! Dentro de cinco minutos estarán aquí. ¡Vamos, escóndeme o te mato!
Fortunato repuso con la mayor sangre fría:
-Tu escopeta está descargada, y ya no te quedan cartuchos en tu canana.
-Pero tengo mi puñal.
-Pero ¿correrás tanto como yo?
Y de un salto se puso fuera de su alcance.
-¡Tú no eres el hijo de Mateo Falcone! ¿Dejarás que me prendan delante de tu casa?
El muchacho pareció conmoverse.
-¿Qué me darás si te escondo? -le dijo, aproximándose.
El bandido buscó en un bolsillo de cuero que pendía de su cintura y saco de él una moneda de cinco francos, reservada acaso para comprar pólvora. Al ver la moneda de plata, Fortunato sonrió, y apoderándose de ella dijo a Gianetto:
-No temas nada.
En seguida abrió un gran boquete en un montón de heno colocado cerca de la casa. Gianetto se agazapó en él, y el muchacho lo cubrió de modo que pudiera respirar, sin levantar sospechas de que aquel heno ocultaba a un hombre. Se le ocurrió, además, una astucia bastante ingeniosa y propia de un salvaje. Cogió a una gata con sus hijuelos y los puso encima del montón de heno, para hacer creer que no se había removido poco antes. Y como observara que en las cercanías de la casa había rastros de sangre, se apresuró a cubrirlos con arena muy cuidadosamente, y, hecho esto, se tumbó otra vez al sol con la mayor tranquilidad.
Algunos minutos después, seis hombres con uniforme oscuro y cuello amarillo, mandados por un sargento, se detenían ante la puerta de Mateo. El sargento era pariente lejano de Falcone. (Sabido es que en Córcega los grados de parentesco se extienden mucho más que en otros sitios.) Se llamaba Tiodoro Gamba, y era un hombre activo, a quien temían mucho los bandidos porque los perseguía sin descanso.
-Buenos días, primo -dijo, acercándose a Fortunato-. ¡Qué alto estás! ¿Has visto pasar por aquí a un hombre hace poco?
-¡Oh, aún no soy tan alto como usted, primo! -respondió el muchacho, haciéndose el tonto.
-Ya lo serás. Pero dime, ¿no has visto pasar a un hombre?
-¿Que si he visto pasar a un hombre?
-Sí, un hombre con un gorro puntiagudo de terciopelo negro y una chaqueta adornada de rojo y amarillo.
-¿Un hombre con un gorro puntiagudo y una chaqueta adornada de rojo y amarillo?
-Sí; responde pronto, y no repitas mis preguntas.
-Esta mañana cruzó por nuestra puerta, montado en su caballo “Piero”, el señor cura, y me preguntó cómo le iba a papá, y yo le respondí…
-¡Ah, granujilla, eres un pillastrón! Dime pronto por dónde ha tirado Gianetto, que es a quien buscamos; estoy seguro de que ha cruzado por este camino.
-¡Quién sabe!
-¿Quién sabe? Yo sé que tú lo has visto.
-¿Se ve, acaso, a los que pasan cuando se duerme?
-No dormías, tunantuelo; los disparos te han despertado.
-¿Cree usted, primo, que sus fusiles hacen tanto ruido? Mucho más hace la escopeta de mi padre.
-¡Que el diablo te lleve, maldito bribón! Estoy segurísimo de que has visto a Gianetto, y hasta es posible que lo tengas escondido. Vamos, camaradas, entren en esta casa y vean si nuestro hombre anda por ahí. Sólo disponía de una pierna, y el pillastrón tiene demasiado buen sentido para dirigirse, cojeando, al “malezal”. Además, los rastros de sangre se detienen aquí.
-¿Y qué dirá papá? -preguntó Fortunato con una risita burlona-. ¿Qué dirá cuando se entere de que han entrado en su casa durante su ausencia?
-¡Bribón! -dijo el ayudante cogiéndole por una oreja-. ¿Sabes que me siento tentado de hacerte hablar por otros medios? Es posible que con una veintena de sablazos de plano hablaras al fin.
Y Fortunato seguía riendo con su risita burlona.
-¡Mi padre es Mateo Falcone! -dijo con énfasis.
-Bien sabes, granujilla, que te puedo conducir a Corte o a Bastia y hacerte encerrar en un calabozo, para que duermas en la paja, con grilletes en los pies, y guillotinarte si no dices dónde está Gianetto Sampiero.
Ante tan ridícula amenaza, el muchacho lanzó una carcajada y repitió:
-Mi padre es Mateo Falcone.
-Sargento -dijo en voz baja uno de los tiradores-, no nos indispongamos con Mateo.
Gamba parecía evidentemente turbado. Con voz queda hablaba con sus compañeros, que habían hecho ya en la casa un cuidadoso registro. La operación fue breve, pues la cabaña de un corso no consiste más que en una pieza cuadrada. El ajuar se reduce a una mesa, algunos bancos, cofres y utensilios de caza y domésticos. Mientras, Fortunato acariciaba a la gata y parecía divertirse con la confusión de los tiradores y de su primo.
Un soldado se aproximó al montón de heno. Vio a la gata y dio con negligencia un bayonetazo en el heno, encogiéndose de hombros, como si comprendiera que la precaución era ridícula. Nada se movió; el rostro del muchacho permaneció impasible.
El sargento y sus gentes se daban al diablo; contemplaban la llanura como dispuestos a volver por donde habían venido, cuando el jefe, convencido de que las amenazas no surtían efecto alguno en el hijo de Falcone, quiso hacer un último esfuerzo y probar el poder de las caricias y de los obsequios.
-Primo -dijo-, me pareces un muchacho muy despierto. Tú harás carrera. Pero conmigo te portas muy mal. Si no temiera darle un disgusto a mi primo Mateo, te llevaba conmigo.
-¡Bah!
-Pero cuando mi primo vuelva le contaré lo que ha pasado y te zurrará de lo lindo por haber mentido de ese modo.
-¿De veras?
-Ya lo verás… En fin, sé buen muchacho y te daré cualquier cosa.
-Y yo, primo, le daré un consejo, y es que si tarda mucho en marcharse, Gianetto llegará al “malezal”, y entonces será preciso más de un hurón como usted para buscarlo por allí.
El ayudante sacó de su bolsillo un reloj de plata que podría valer unos diez escudos, y como observara que se iban tras él los ojos de Fortunato, le dijo, suspendiendo el reloj de su cadena de acero:
-¡Picaronazo! ¿Tú quisieras tener un reloj como éste colgado del cuello, para pasearte por las calles de Porto-Vecchio orgulloso como un pavo real y que las gentes te preguntaran: “¿Qué hora es?” Y tú les dijeras: “Mírelo en mi reloj”.
-Cuando sea más hombre, mi tío el caporal me dará uno.
-Sí, pero el hijo de tu tío ya lo tiene… no tan bonito como éste, la verdad… No obstante, él es más joven que tú.
El muchacho suspiró.
-Bueno, primo, ¿quieres este reloj?
Fortunato, mirando al reloj con el rabillo del ojo, parecía un gato al que se le ofrece un pollo entero. Como comprende que se están burlando de él, no se atreve a echarle mano, y de tiempo en tiempo aparta los ojos para no sucumbir a la tentación; pero a cada paso se relame los hocicos y parece como si le dijera a su dueño: “¡Qué cruel es la bromita que gastas!”
Sin embargo, el sargento Gamba parecía ofrecerle el reloj de buena fe. Fortunato no alargó la mano, pero dijo con amarga sonrisa:
-¿Por qué se burla de mí?
-¡Vive Dios, que no me burlo! Dime únicamente dónde está Gianetto, y el reloj es tuyo.
Fortunato dejó escapar una incrédula sonrisa, y fijando sus negros ojos en los del ayudante trató de descubrir lo que de verdad hubiera en sus palabras.
-Que pierda mis charreteras -dijo Gamba-, si no te entrego el reloj con esa condición. Mis compañeros son testigos; no puedo arrepentirme.
Mientras hablaba así seguía aproximando el reloj tanto, que casi tocaba ya la pálida mejilla del niño, que mostraba claramente la lucha que en su interior sostenían la codicia y el respeto debido a la hospitalidad. Su desnudo pecho se elevaba con fuerza y parecía próximo a estallar. El reloj, en tanto, oscilaba y giraba, rozándole a veces la punta de la nariz. Por último, poco a poco, alzó la mano derecha hasta el reloj; lo tocó con la punta de los dedos; lo sintió en su mano, sin que el sargento soltara la cadena… La esfera era azulada… recién bruñida la tapa; a la luz del sol parecía de fuego… La tentación era demasiado fuerte.
Fortunato levantó la mano izquierda también e indicó con el pulgar, por encima de su hombro, el montón de heno junto al que estaba. Gamba lo comprendió en seguida y abandonó el extremo de la cadena. Fortunato se vio único propietario del reloj. Se levantó con la agilidad de un gamo y se alejó diez pasos del montón de heno, que los tiradores comenzaron a revolver en seguida.
Al poco el heno se empezó a agitar y un hombre ensangrentado, con un puñal en la mano, surgió de él; pero al tratar de levantarse, su herida, ya fría, no le permitió tenerse en pie, y cayó al suelo. El ayudante, abalanzándose sobre él, le arrebató el puñal. En seguida, y a pesar de su resistencia, lo ataron fuertemente.
Gianetto, derribado en tierra y atado como un haz de leña, volvió la cabeza hacia Fortunato, que se había aproximado.
-¡Hijo de…! -le dijo con más desprecio que cólera.
El niño le arrojó la moneda de plata que había recibido de él poco antes, como comprendiendo que ya no era merecedor de ella, pero el proscrito ni siquiera aparentó fijarse en aquel movimiento. Con mucha sangre fría le dijo al sargento:
-Mi querido Gamba, no puedo andar; no tendrá más remedio que transportarme al pueblo.
-Hace poco corrías con más ligereza que un corzo -repuso cruelmente el vencedor-; pero tranquilízate; estoy tan contento de haberte cogido, que te llevaría una legua a cuestas sin fatigarme. Además, camarada, vamos a hacerte unas angarillas con ramas y tu capote; en la granja de Créspoli encontraremos caballos.
-Perfectamente -dijo el prisionero-; pongan también un poco de paja en las angarillas para que vaya con más comodidad.
Mientras los tiradores se ocupaban, unos, en hacer una especie de parihuela con ramas de castaños, y otros en curar la herida de Gianetto, Mateo Falcone y su mujer aparecieron súbitamente en un recodo de la senda que conducía al “malezal”. Avanzaba la mujer penosamente, encorvada bajo el peso de un enorme saco de castañas, en tanto que su marido se pavoneaba con un fusil en la mano y otro en banderola, pues es indigno de un hombre conducir una carga que no sea la de las armas.
Al ver a los soldados, lo primero que se le ocurrió a Mateo fue que vendrían a prenderle. Pero ¿por qué tal idea? ¿Acaso Mateo tenía cuentas pendientes con la justicia? No. Gozaba de una buena reputación. Era, como se dice vulgarmente, “un particular de buena reputación”; pero era corso y montañés, y hay pocos corsos montañeses que, registrando en su memoria, no encuentren en ella algún pecadillo, tal como un disparo, una puñalada o cualquiera otra bagatela por el estilo. Mateo, más que otro, tenía la conciencia tranquila, pues hacía más de diez años que no apuntaba a nadie con su fusil; no obstante, como era prudente, se puso a la defensiva, por si ello era necesario.
-Mujer -dijo a Giuseppa, descárgate del saco y estate dispuesta a ayudarme.
Ella obedeció al punto; le dio el fusil que llevaba terciado, y que hubiera podido molestarle; cargó el que llevaba en la mano y avanzó lentamente hacia su casa, pegado a los árboles que bordeaban el camino y dispuesto, a la menor demostración hostil, a ocultarse en el más grueso tronco, desde donde podría hacer fuego impunemente. Pisándole los talones iba su mujer con el otro fusil y la cartuchera. La ocupación de una buena mujer de su casa, en caso de lucha, es cargar las armas del marido.
El ayudante, por su parte, se alarmó mucho al ver a Mateo avanzar de tan sigilosa manera, con la escopeta en alto y el dedo en el gatillo.
-¡Si por casualidad -pensó- Mateo fuera pariente de Gianetto o amigo, y se le antojara defenderlo, los tacos de sus dos fusiles llegarían a dos de nosotros tan seguro como las cartas al correo, y si me encañonase, a pesar del parentesco…!
Ante la duda, tomó el valeroso partido de dirigirse solo hacia Mateo para contarle el asunto, abordándolo como un antiguo conocido; pero el corto espacio que lo separaba de Mateo le pareció terriblemente largo.
-¡Hola, antiguo compañero! -gritó-. ¿Cómo te va? Soy yo, Gamba, tu primo.
Mateo, sin responder una palabra, se había detenido, y a medida que el otro hablaba iba poco a poco levantando el cañón de su escopeta, de suerte que apuntaba al cielo cuando el ayudante se le acercó.
-Buenos días, hermano -dijo Gamba, tendiéndole la mano-, hace mucho tiempo que no te veo.
-Buenos días, hermano.
-Había venido para saludarte, al pasar, así como a mi prima Pepa. Hoy hemos andado mucho, pero no hay que compadecerse de nuestra fatiga, porque hemos hecho una captura importante: acabamos de coger a Gianetto Sampiero.
-¡Alabado sea Dios! -exclamó Giuseppa-. La semana pasada nos robó una cabra.
Estas palabras regocijaron a Gamba.
-¡Pobre diablo! -dijo Mateo-. Tendría hambre.
-El granuja -prosiguió Gamba, un poco mortificado- se ha defendido como un león; me ha matado a uno de los míos, y, no contento aún con esto, le ha roto un brazo al cabo Chardón; pero esto no tiene importancia: se trata de un francés… Luego se ocultó tan diestramente, que ni el demonio hubiera dado con él. Sin la ayuda de Fortunato, es seguro que no lo hubiera encontrado.
-¡Fortunato! -exclamó Mateo.
-¡Fortunato! -repitió Giuseppa.
-Sí. Gianetto estaba escondido bajo aquel montón de heno, pero el primo me descubrió el escondite. También se lo diré a su tío el caporal para que le envíe un buen regalo por su ayuda. Su nombre y el tuyo figurarán en el parte que envíe al juez.
-¡Maldición! -murmuró Mateo.
Se reunieron con el destacamento. Gianetto estaba tendido en la parihuela y dispuesto para partir. Cuando vio a Mateo acompañado de Gamba sonrió de un modo extraño; después, volviendo el rostro hacia la puerta de la casa, escupió en el umbral y dijo:
-¡Es la casa de un traidor!
Sólo un hombre dispuesto a morir se hubiera atrevido a pronunciar la palabra traidor dirigiéndose a Falcone: una certera puñalada, que no necesitaría ser secundada, pagaría inmediatamente el insulto. Sin embargo, Mateo se limitó a llevar su mano a la frente, como un hombre abrumado.
Fortunato había entrado en la casa al ver llegar a su padre. Al poco reapareció con un jarro de leche, que ofreció, con los ojos bajos, a Gianetto.
-¡No te acerques a mí! -gritó el proscrito con voz terrible.
Después, volviéndose a uno de los tiradores, le dijo:
-Camarada, dame de beber.
El soldado le puso entre las manos su cantimplora, y el bandido bebió el agua que le daba un hombre con el que acababa de tirotearse. A continuación pidió que le atasen las manos sobre el pecho, y no a la espalda, como las llevaba.
-Me agrada -decía- ir tendido a gusto.
Se procuró complacerle; después, el ayudante dio la orden de partida; saludó a Mateo, que no le respondió, y se encaminó aceleradamente hacia el llano.
Cerca de diez minutos transcurrieron sin que Mateo abriese la boca. El niño miraba con inquietud, ya a su madre, ya a su padre, que, apoyado en el fusil, lo contemplaba con contenida cólera.
-¡Comienzas bien! -dijo Mateo con voz tranquila, pero espantosa para quien le conociera.
-¡Padre mío! -exclamó el muchacho, dirigiéndose a él, con lágrimas en los ojos y como para arrojarse a sus plantas.
Pero Mateo le gritó:
-¡No te acerques a mí!
El niño permaneció. inmóvil y sollozando, a pocos pasos de su padre.
Se aproximó Giuseppa. Acababa de percibir, asomando por entre la camisa de su hijo, un extremo de la cadena del reloj.
-¿Quién te ha dado ese reloj? -le preguntó con severidad.
-Mi primo el sargento.
Se apoderó del reloj Falcone, y arrojándolo contra una piedra lo hizo mil pedazos.
-Mujer -dijo-, ¿este niño es mío?
Las morenas mejillas de Giuseppa enrojecieron vivamente.
-¿Qué dices, Mateo? ¿Sabes a quién hablas?
-Sin embargo, es el primero de los míos que ha cometido una traición.
Redoblaron los sollozos y gimoteos de Fortunato, de quien ni por un momento apartaba Falcone sus ojos de lince. Por último, golpeó el suelo con la culata de su escopeta, se la echó al hombro después y se dirigió al “malezal”, gritándole a Fortunato que lo siguiera. El niño obedeció.
Giuseppa corrió tras de Mateo y lo cogió por el brazo.
-¡Es tu hijo! -dijo con trémula voz, clavando sus negros ojos en los de su marido, como si quisiera leer en su alma.
-Déjame -repuso Mateo-; soy su padre.
Giuseppa abrazó a su hijo y entró en la casa llorando. Se arrodilló ante una imagen de la Virgen y oró fervorosamente. Mientras tanto, Falcone anduvo como unos doscientos pasos por el camino, deteniéndose ante un pequeño barranco, al que descendió. Con la culata de su fusil removió la tierra, que encontró suelta y fácil de cavar. El sitio le pareció bien para su propósito.
-Fortunato, colócate junto a esta peña.
El niño hizo lo que se le pedía, y se arrodilló después.
-Di tus oraciones.
-¡Padre mío, padre mío, no me mates!
-¡Di tus oraciones! -repitió Mateo con voz terrible.
El niño, entre balbuceos y sollozos, recitó el padrenuestro y el credo. Al final de cada oración, el padre, con voz fuerte, decía: Amen.
-¿Son esas todas las oraciones que sabes?
-Padre, también sé el avemaría y la letanía que mi tía me ha enseñado.
-Es muy larga; pero no importa.
El niño terminó la letanía con voz apagada.
-¿Has concluido?
-¡Oh, padre mío, perdón! ¡Perdón! ¡No lo haré más! ¡Tanto le rogaré a mi tío, el caporal, que indultarán a Gianetto!
Siguió hablando; Mateo, tras cargar la escopeta y echársela a la cara, dijo:
-¡Que Dios te perdone!
El niño hizo un esfuerzo desesperado para levantarse y abrazar las rodillas de su padre: no tuvo tiempo. Mateo disparó y Fortunato rodó muerto.
Sin dirigir una mirada al cadáver, tomó de nuevo el camino de su casa, en busca de un azadón para enterrar a su hijo. Apenas había dado algunos pasos cuando encontró a Giuseppa, que acudía alarmada por el tiro.
¿Qué has hecho? -exclamó.
-Justicia.
-¿En dónde está?
-En el barranco; voy a enterrarlo. Ha muerto cristianamente; se le dirá una misa. Que avisen a mi yerno, Tiodoro Bianchi, para que venga a vivir con nosotros.
FIN
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1. Tiradores corsos: policía rural.
2. Cuellos amarillos: se refiere al uniforme de los policías.

UNA TUMBA SIN FONDO – Ambrose Bierce

 

1 - Mujer bondadosa
Me llamo John Brenwalter. Mi padre, un borracho, logró patentar un invento para fabricar granos de café con arcilla. Era un hombre honrado y no se hubiera comprometido él solo en la fabricación. Por esta razón, era moderadamente rico: las regalías de su valioso invento apenas le dejaban lo suficiente para pagar los gastos del pleito contra los bribones culpables de la infracción. Fue así que yo carecí de muchas de las ventajas de gozan los hijos de padres deshonestos e inescrupulosos, y de no haber sido por una madre noble y devota (quien descuidó a mis hermanos y a mis hermanas y vigiló personalmente mi educación), habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a asistir a la escuela. Ser el hijo favorito de una mujer bondadosa es mejor que el oro.
Cuando yo tenía diecinueve años, mi padre tuvo la desgracia de morir. Había tenido siempre una salud perfecta, y su muerte, ocurrida a la hora de cenar y sin previo aviso, a nadie sorprendió tanto como a él mismo. Esa misma mañana le habían notificado la adjudicación de la patente de su invento para forzar cajas de caudales por presión hidráulica y sin hacer ruido. El Jefe de Patentes había declarado que era la más ingeniosa, efectiva y benemérita invención que él hubiera aprobado jamás. Naturalmente, mi padre previó una honrosa, próspera vejez. Es por eso que su repentina muerte fue para él una profunda decepción.
Mi madre, en cambio, para quien la piedad y la resignación ante los designios del Cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba aparentemente menos conmovida. Hacia el final de la comida, una vez que el cuerpo de mi pobre padre fue alzado del suelo, nos reunió a todos en el cuarto contiguo y nos habló de esta manera:
-Hijos míos, el extraño suceso que han presenciado es uno de los más
desagradables incidentes en la vida de un hombre honrado, y les aseguro que me resulta poco agradable. Os ruego que creáis que yo no he tenido nada que ver en su ejecución. Desde luego -añadió después de una pausa en la que bajó sus ojos abatidos por un profundo pensamiento-, desde luego es mejor que esté muerto.
Dijo estas palabras como si fuera una verdad tan obvia e incontrovertible que ninguno de nosotros tuvo el coraje de desafiar su asombro pidiendo una explicación. Cuando cualquiera de nosotros se equivocaba en algo, el aire de sorpresa de mi madre nos resultaba terrible. Un día, cuando en un arranque de mal humor me tomé la libertad de cortarle la oreja al bebé, sus simples palabras: “¡John, me sorprendes!”, fueron para mí una recriminación tan severa que al fin de una noche de insomnio, fui llorando hasta ella y, arrojándome a sus pies, exclamé: “¡Madre, perdóname por haberte sorprendido!”.
2

2 - Irreverencia
Así, ahora, todos -incluso el bebé de una sola oreja- sentimos que aceptar sin preguntas el hecho de que era mejor, en cierto modo, que nuestro querido padre estuviese muerto, provocaría menos fricciones. Mi madre continuó:
-Debo deciros, hijos míos, que en el caso de una repentina y misteriosa muerte, la ley exige que venga el médico forense, corte en pedazos el cuerpo y los someta a un grupo de hombres quienes, después de inspeccionarlos, declaran a la persona muerta. Por hacer esto el forense recibe una gran suma de dinero. Deseo eludir tan penosa formalidad; eso es algo que nunca tuvo la aprobación de… de los restos. John -aquí mi madre volvió hacia mí su rostro angelical-, tú eres un joven educado y muy discreto. Ahora tienes la oportunidad de demostrar tu gratitud por todos los sacrificios que nos impuso su educación. John, ve y mata al forense.
Inefablemente complacido por esta prueba de confianza de mi madre y por la oportunidad de distinguirme por medio de un acto que cuadraba con mi natural disposición, me arrodillé ante ella, llevé sus manos hasta mis labios y las bañé con lágrimas de emoción. Esa tarde, antes de las cinco, había eliminado al médico.
De inmediato fui arrestado y arrojado a la cárcel. Allí pasé una noche muy
incómoda: me fue imposible dormir a causa de la irreverencia de mis
compañeros de celda, dos clérigos, a quienes la práctica teológica había dado abundantes ideas impías y un dominio absolutamente único del lenguaje blasfemo. Pero ya avanzada la mañana, el carcelero que dormía en el cuarto contiguo y a quien tampoco habían dejado dormir, entró en la celda y con un feroz juramento advirtió a los reverendos caballeros que, si oía una blasfemia más, su sagrada profesión no le impediría ponerlos en la calle. En consecuencia moderaron su objetable perversación sustituyéndola por un acordeón. Así, pude dormir pacífico y refrescante sueño de la juventud y de la inocencia.
A la mañana siguiente me condujeron ante el Juez Superior, un magistrado de sentencia, y se me sometió al examen preliminar. Alegué que no tenía culpa, y añadí que el hombre al que yo había asesinado era un notorio Demócrata. (Mi bondadosa madre era Republicana y desde mi temprana infancia fui cuidadosamente instruido por ella en los principios de gobierno honesto y en la necesidad de suprimir la oposición sediciosa.) El juez, elegido mediante una urna Republicana de doble fondo, estaba visiblemente impresionado por la fuerza lógica de mi alegato y me ofreció un cigarrillo.
-Con el permiso de Su Excelencia -comenzó el Fiscal-, no considero necesario exponer ninguna prueba en este caso. Por la ley de la Nación se sienta usted aquí como juez de Sentencia y es su deber sentenciar. Tanto testimonio como argumentos implicarían la duda acerca de la decisión de Su Excelencia de cumplir con su deber jurado. Ese es todo mi caso.
Mi abogado, un hermano del Médico Forense fallecido, se levantó y dijo:
3

3 - Delito
-Con la venia de la Corte… mi docto amigo ha dejado también y con tanta
elocuencia establecida la ley imperante en este caso, que sólo me resta
preguntar hasta dónde se la ha acatado. En verdad, su Excelencia es un
magistrado penal, y como tal es su deber sentenciar -¿qué?- este es un asunto que la ley, sabia y justamente, ha dejado a su propio arbitrio, y sabiamente ya ha descargado usted cada una de las obligaciones que la ley impone. Desde que conozco a Su Excelencia no ha hecho otra cosa que sentenciar. Usted ha sentenciado por soborno, latrocinio, incendio premeditado, perjurio, adulterio, asesinato… cada crimen del código y cada exceso conocido por los sensuales y los depravados, incluyendo a mi docto amigo, el Fiscal. Usted ha cumplido con su deber de magistrado penal, y como no hay ninguna evidencia contra este joven meritorio, mi cliente, propongo que sea absuelto.
Se hizo un solemne silencio. El Juez se levantó, se puso la capa negra y, con voz temblorosa de emoción, me sentenció a la vida y a la libertad. Después, volviéndose hacia mi consejero, dijo fría pero significativamente:
-Lo veré luego.
A la mañana siguiente, el abogado que me había defendido tan
escrupulosamente contra el cargo de haber asesinado a su propio hermano -con
quien había tenido una pelea por unas tierras- desapareció, y se desconoce su suerte hasta el día de hoy.
Entretanto, el cuerpo de mi pobre padre había sido secretamente sepultado a medianoche en los fondos de su último domicilio, con sus últimas botas puestas y el contenido de su fallecido estómago sin analizar.
-Él se oponía a cualquier ostentación -dijo mi querida madre mientras terminaba de apisonar la tierra y ayudaba a los niños a extender una capa de paja sobre la tierra removida-, sus instintos eran domésticos y amaba la vida tranquila.
El pedido de sucesión de mi madre decía que ella tenía buenas razones para creer que el difunto estaba muerto, puesto que no había vuelto a comer a su casa desde hacía varios días; pero el Cuervo del juez – como siempre despreciativamente la llamó después- decidió que la iba de muerte no era suficiente y puso el patrimonio en manos de un Administrador Público, que era su yerno. Se descubrió que el pasivo daba igual que el activo; sólo había quedado la patente de invención del dispositivo para forzar cajas de seguridad por presión hidráulica y en silencio, y ésta había pasado a la propiedad legítima del Juez Testamentario y del Administrador Público, como mi querida madre
prefería decirlo. Así, en unos pocos meses, una acaudalada y respetable familia fue reducida de la prosperidad al delito; la necesidad nos obligó a trabajar. Diversas consideraciones, tales como la idoneidad personal, la inclinación, etc., nos guiaban en la selección de nuestras ocupaciones. Mi madre abrió una selecta escuela privada para enseñar el arte de alterar las manchas sobre las alfombras de piel de leopardo; el mayor de mis hermanos, George Heriry, a
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4 - Espíritus
quien le gustaba la música, se convirtió en el corneta de un asilo para
sordomudos de los alrededores; mi hermana Mary María, aceptaba pedidos de Esencias de Picaportes para condimentar fuentes minerales del Profesor Pumpernickel, y yo me establecí como ajustador y dorador de vigas para horcas. Los demás, demasiado jóvenes para trabajar, continuaron con el robo de pequeños artículos expuestos en la vidriera de las tiendas, tal como habían sido enseñados. En nuestros ratos de ocio atraíamos a nuestra casa a los viajeros y enterrábamos los cuerpos en un sótano. En una parte de este sótano guardábamos vinos, licores y provisiones. De la rapidez con que desaparecían nos sobrevino la supersticiosa creencia de que los espíritus de las personas enterradas volvían a la noche y se daban un festín. Al menos era cierto que con frecuencia, de mañana, solíamos descubrir trozos de carnes adobadas, mercaderías envasadas y restos de comida ensuciando el lugar, a pesar de que había sido cerrado con llave y atrancado, previendo toda intromisión humana. Se propuso sacar las provisiones y almacenarlas en cualquier otro sitio, pero nuestra querida madre, siempre generosa y hospitalaria, dijo que era mejor soportar la pérdida que arriesgarse a ser descubiertos; si los fantasmas les era negada esta insignificante gratificación, podrían iniciar una investigación que echaría por tierra nuestro esquema de la división del trabajo, desviando las energías de toda la familia hacia la simple industria a la cual yo me dedicaba: todos tendríamos que decorar las vigas de las horcas. Aceptamos su decisión con filial sumisión, que se debía a nuestro
respeto por su sabiduría y la pureza de su carácter.
Una noche, mientras todos estábamos en el sótano -ninguno se atrevía a entrar solo- ocupados en la tarea de dispensar al alcalde de una ciudad vecina los solemnes oficios del entierro cristiano, mi madre y los niños pequeños sosteniendo cada uno una vela, mientras que George Henry y yo trabajábamos con la pala y el pico, mi hermana Mary María profirió un chillido y se cubrió los ojos con las manos. Estábamos todos sobrecogidos de espanto y las exequias del alcalde fueron suspendidas de inmediato, mientras que, pálidos y con la voz temblorosa, le rogamos que nos dijera qué cosa la había alarmado. Los niños más pequeños temblaban tanto que sostenían las velas con escasa firmeza, y las ondulantes sombras de nuestras figuras danzaban sobre las paredes con movimientos toscos y grotescos que adoptaban las más pavorosas actitudes. La cara del hombre muerto, ora fulgurando horriblemente en la luz, ora extinguiéndose a través de alguna fluctuante sombra, parecía adoptar cada vez una nueva y más imponente expresión, una amenaza aún más maligna. Más asustadas que nosotros por el grito de la niña, las ratas echaron a correr en multitudes por el lugar, lanzando penetrantes chillidos, o con sus ojos fijos estrellando la oscura opacidad de algún distante rincón, meros puntos de luz verde haciendo juego con la pálida fosforescencia de la podredumbre que llenaba la tumba a medio cavar y que parecía la visible manifestación de un leve olor a moribundo que corrompía el aire insalubre. Ahora los niños sollozaban y
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6 - Enterrado vivo
se pegaban a las piernas de sus mayores, dejando caer sus velas, mientras que nosotros estábamos a punto de ser abandonados en la total oscuridad, excepto por esa luz siniestra que fluía despaciosamente por encima de la tierra revuelta e inundaba los bordes de la tumba como una fuente. Entretanto, mi hermana, arrodillada sobre la tierra extraída de la excavación, se había quitado las manos de la cara y estaba mirando con ojos dilatados en el interior de un oscuro espacio que había entre dos barriles de vino.
-¡Allí está! -Allí está! -chilló, señalando- ¡Dios del cielo! ¿No podéis verlo?
Y realmente estaba allí: una figura humana apenas discernible en las tinieblas; una figura que se balanceaba de un costado a otro como si se fuera a caer, agarrándose a los barriles de vino para sostenerse; dio un paso hacia adelante, tambaleándose y, por un momento, apareció a la luz de lo que quedaba de nuestras velas; luego se irguió pesadamente y cayó postrada en tierra. En ese momento todos habíamos reconocido la figura, la cara y el porte de nuestro padre. ¡Muerto estos diez meses y enterrado por nuestras propias manos! ¡Nuestro padre, sin duda, resucitado y horriblemente borracho! En los incidentes ocurridos durante la fuga precipitada de ese terrible lugar; en la aniquilación de todo humano sentimiento en ese tumultuoso, loco apretujarse por la húmeda y mohosa escalera, resbalando, cayendo, derribándose y trepando uno sobre la espalda del otro, las luces extinguidas, los bebés pisoteados por sus robustos hermanos y arrojados de vuelta a la muerte por un brazo maternal; en todo esto no me atrevo a pensar. Mi madre, mi hermano y mi
hermana mayores y yo escapamos; los otros quedaron abajo, para morir de sus heridas o de su terror; algunos, quizá, por las llamas, puesto que en una hora, nosotros cuatro, juntando apresuradamente el poco dinero y las joyas que teníamos, y la ropa que podíamos llevar, incendiamos la casa y huimos bajo la luz de las llamas, hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a cobrar el seguro, y mi querida madre dijo en su lecho de muerte, años después en una tierra lejana, que ése había sido el único pecado de omisión que quedaba sobre su conciencia. Su confesor, un hombre santo, le aseguró que, bajo tales circunstancias, el Cielo le perdonaría su descuido. Cerca de diez años después de nuestra desaparición de los escenarios de mi infancia, yo, entonces un próspero falsificador, regresé disfrazado al lugar con la intención de recuperar algo de nuestro tesoro, que había sido enterrado en el sótano. Debo decir que no tuve éxito: el descubrimiento de muchos huesos humanos en las ruinas obligó a las autoridades a excavar por más. Encontraron el tesoro y lo guardaron. La casa no fue reconstruida; todo el vecindario era una
desolación. Tal cantidad de visiones y sonidos extraterrenos habían sido
denunciados desde entonces, que nadie quería vivir allí. Como no había a quien preguntar o molestar, decidí gratificar mi piedad filial con la contemplación, una vez más, de la cara de mi bienamado padre, si era cierto que nuestros ojos nos habían engañado y estaba todavía en su tumba. Recordaba además que él siempre había usado un enorme anillo de diamante, y yo como no lo había visto
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5 - Resucitado
ni había oído nada acerca de él desde su muerte, tenía razones como para
pensar que debió haber sido enterrado con el anillo puesto. Procurándome una pala, rápidamente localicé la tumba en lo que había sido el fondo de mi casa, y comencé a cavar. Cuando hube alcanzado cerca de cuatro pies de profundidad, la tumba se desfondó y me precipité a un gran desagüe, cayendo por el largo agujero de su desmoronado codo. No había ni cadáver ni rastro alguno de él. Imposibilitado para salir de la excavación, me arrastré por el desagüe, quité con cierta dificultad una masa de escombros carbonizados y de ennegrecida mampostería que lo obstaculizaba, y salí por lo que había sido aquel funesto sótano. Todo estaba claro. Mi padre, cualquier cosa que fuera lo que le había provocado esa descompostura durante la cena (y pienso que mi santa madre hubiera podido arrojar algo de luz sobre ese asunto) había sido, indudablemente, enterrado vivo. La tumba se había excavado accidentalmente sobre el olvidado desagüe hasta el recodo del caño, y como no utilizamos ataúd, sus esfuerzos por sobrevivir habían roto la podrida mampostería, cayendo a través de ella y
escapando finalmente hacia el interior del sótano. Sintiendo que no era
bienvenido en su propia casa, pero no teniendo otra, había vivido en reclusión subterránea como testigo de nuestro ahorro y como pensionista de nuestra providencia. Él era quien se comía nuestra comida; él quien se bebía nuestro vino; no era mejor que un ladrón. En un momento de intoxicación y sintiendo, sin duda, necesidad de compañía, que es el único vínculo afín entre un borracho y su raza, abandonó el lugar de su escondite en un momento extrañamente inoportuno, acarreando deplorables consecuencias a aquellos más cercanos y queridos. Un desatino que tuvo casi la dignidad de un crimen.

Mil Grullas – Isabel Bornemann

Mil grullas

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.
Porque ellos eran nuevos en el mundo. Tambíen, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah… y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.
-No tengo hambre –le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía. -Te dejo mi vianda –y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…
Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque…
Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! –pensaron los dos al mismo tiempo.

Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima (1). Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas, -Para cuando termine la guerra… –decía el abuelo–. Todo acaba algún día… –comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami (2), se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus (3):
Lento se apaga
El verano
Enciendo
Lámpara y sonrisas.

Pronto
Florecerán los crisantemos.
Espera,
Corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la cmisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes…

Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta el obi (4) de su kimono (5) y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?
“Ahora”, Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento ,un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro- Donguri Ko…” (6) por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos mandados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles,animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa , ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.

Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima. Como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horros, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro… –susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama. –Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta…
Mil grullas…o “Semba-Tsuru” (7), como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita, Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
-Te vas a curar, Naomi –le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.

Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el por qué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que ,hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar los mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, El muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki (8) y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.

-Prohibidas las visitas a esta hora- le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasililidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando
Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
Son hermosas, Tosí-can…(9) Gracias…
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas –y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, el entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.

La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intermperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?

Febrero de 1976.
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atrve a preguntarle por qué,entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquina de calcular.
Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes…
Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa
-Algún día completará las mil… –cuchicheaban entre risas– ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospechaba, siquiera , la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.

GLOSARIO
1) Miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la ciudad de Hiroshima
2) Tatami: estera que se coloca sobre pisos, en las casas japonesas tradicionales
3) Haiku: breve poema de diecisiete sílabas, típico de la poesía japonesa.
4) Obi: faja que acompaña al kimono.
5) Kimono: vestimenta tradicional japonesa, de amplías mangas, largas hasta los pies y que se cruza por delante, sujetándose con una especie de faja llamada obi.
6) Donguri-Koro Koro- Donguri Ko: verso de una popular canción infantil japonesa.
7) Semba-Tsuru: Mil grullas. Una creencia popular japonesa, asegura que haciendo mil de esas aves –según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)– se logra alcanzar la larga vida y felicidad.
8) Furoshiki: tela cuadrangular que se usa para formar una bolsa, atándola por sus cuatro puntas después de colocar el contenido.
9) Tosí-can: diminutivo de Toshiro.

Fuente: http://planlectura.educ.ar/pdf/05-TAPA_MIL_GRULLAS.pdf

Colmena de sueños – Jean Arp

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Las flores se visten con relámpagos
en el plumaje de la estrella duerme el sueño de carne
guarnecido de senos
el sueño tiene en la boca una estrella como el gato tiene en la
boca un ratón
las flores de carne tienen lengua de sueño
estrella de bruma
la estrella de carne bajo la bóveda del tiempo
el tiempo ronronea como un sueño
alrededor de los senos alrededor de las colmenas de sueños
duermen las estrellas
bruma de flor
plumaje de estrella
las flores ronronean
las estrellas ronronean frente a la colmena de los relámpagos
ratón de bruma
6I
ratón de estrella
ratón de flor
el sueño es un gato su lengua es una flor
la carne ronronea en el plumaje del tiempo
los ratones y los gatos duermen sobre la lengua del tiempo
el relámpago duerme bajo la bóveda de bruma
las estrellas se visten con senos
la lengua de bruma en la boca de flor
la boca de bruma bajo la bóveda de carne

* Jean Arp
Escultor, pintor y poeta. Nació en Estrasburgo el 16 de setiembre de
1887. En 1915, durante la guerra, se refugió en Zürich donde con Marcel
janco, Hugo Bal1, Huelsenbeck y Tzara participó en la creación del movimiento
Dada. En 1921 se casó con la pintora Sofía Taeuber, quien habría
de tener una destacada figuración en el arte concreto.
Arp desarrolló simultáneamente su obra igualmente valiosa de plástico y
de poeta bilingüe (como buen alsaciano escribe indiferentemente en alemán
y en francés). En alemán su obra es muy importante y ejerce
actualmente gran influjo sobre los jÓ\’enes poetas de lengua alemana.
Colaboró con los surrealistas ininterrumpidamente desde los comienzos
del movimiento, aunque manteniendo siempre una posición de independencia.

El destino de un hombre – Mijail Sholojov

1

La primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del mar Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi intransitables.

En esa mala época de caminos anegados me cupo en suerte ir a la stanitsa de Bukanovskaia. Y aunque la distancia no era grande -cerca de sesenta kilómetros- no resultó tan fácil recorrerla. En compañía de unos camaradas, partí antes de salir el sol. Un par de caballos bien cebados, tensos como cuerda de guitarra los tirantes de los arneses, apenas podían arrastrar el pesado carricoche. Las ruedas se hundían hasta las pezoneras en la arena, húmeda, mezclada con nieve y hielo, y al cabo de una hora, en los ijares de los caballos y en sus ancas, bajo las finas correas de las retranquillas, aparecía ya una espuma abundante, blanca como de jabón, mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un olor acre y embriagador a sudor de caballo y al recalentado alquitrán con que fueran pródigamente embadurnados los arreos.

En los lugares más penosos para los caballos, saltábamos del carricoche y seguíamos a pie. Bajo nuestras botas altas chapoteaba la nieve acuosa, costaba trabajo andar, pero a ambos lados del camino se conservaba todavía el hielo -refulgente al sol como el cristal- y por allí era aún más difícil avanzar. Al cabo de unas seis horas sólo habíamos recorrido treinta kilómetros y llegábamos al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo Elanka.

El pequeño río, que se seca parcialmente en verano, se había desbordado frente al caserío de Mojovski, en una extensión de un kilómetro entero, por un terreno pantanoso y cubierto de alisos. Había que pasarlo en una frágil barquilla, de fondo plano, que únicamente podría llevar a tres personas como máximo. Desenganchamos los caballos. Al otro lado, en un cobertizo del koljoz, nos esperaba un “Willis” viejecillo, que había visto ya mucho mundo, dejado allá el invierno anterior. El chofer y yo embarcamos, no sin temor, en la vetusta lancha. Un camarada quedó en la orilla con el equipaje. Apenas desatracamos, empezaron a brotar, por diferentes sitios del podrido fondo, pequeños surtidores. Con medios manuales, calafateamos la insegura embarcación y estuvimos achicando el agua hasta que llegamos. Una hora más tarde, nos encontrábamos en la otra orilla del Elanka. El chofer trajo del caserío el auto, se acercó a la barca y dijo, agarrando un remo:

-Si este maldito barreño no se deshace en el agua, volveremos dentro de un par de horas; no nos espere usted antes.

El caserío se extendía a un lado, a lo lejos, y junto al embarcadero había ese silencio que únicamente reina, en pleno otoño o a principios de primavera, en los lugares deshabitados. Del agua venía un hálito de humedad, en unión del acerbo aliento de los alisos putrefactos, y de las lejanas estepas de Prijoperskie, hundidas en el humo liliáceo de la niebla, el suave vientecillo traía el aroma, eternamente joven, de la tierra recién liberada de la nieve.

2

Cerca de allí, sobre la arena de la orilla, yacía un seto derribado. Me senté en él y quise fumar, pero, al meter la mano en el bolsillo derecho de la enguatada chaqueta, comprobé con gran pena que la cajetilla de “Bielomor” estaba toda empapada. Durante la travesía, una ola había barrido la cubierta de la baja barquilla, hundiéndome en agua turbia hasta la cintura. En aquellos instantes yo no estaba para pensar en los cigarrillos, pues hubo que soltar el remo y sacar el agua con la mayor rapidez posible, para que la lancha no zozobrara, y ahora, lamentando amargamente mi imprevisión, extraje del bolsillo con cuidado la cajetilla reblandecida, me puse en cuclillas y empecé a colocar sobre el seto, uno tras otro, los mojados y pardos cigarrillos.

Era mediodía. El sol picaba como en mayo. Yo confiaba que los cigarrillos se secarían pronto. Los rayos solares calentaban tanto, que me arrepentí de haberme puesto para el viaje los acolchados pantalones y la enguatada chaqueta de soldado. Era aquel el primer día verdaderamente tibio después del invierno. Constituía un placer estar sentado en el seto, sumido por entero en la soledad y el silencio, quitarse el gorro de orejeras, también de soldado, secar al vientecillo los cabellos, empapados después del penoso bogar, y, sin pensar en nada, seguir el movimiento de las nubes que se deslizaban blancas, henchidas, por el azul pálido del cielo.

Pronto vi que, surgiendo tras las últimas viviendas del caserío, salía al camino un hombre. Traía de la mano a un niño pequeño, que, a juzgar por su estatura, no debía de tener más de cinco o seis años. Cansinos, arrastrando los pies, iban en dirección al embarcadero, pero al llegar adonde estaba parado el automóvil, torcieron hacia mí. El hombre, de elevada estatura y un poco cargado de espaldas, se me acercó y dijo con atronadora voz de bajo:

-¡Salud, hermano!

-Buenos días -repuse, y estreché la mano, áspera y grande, que me tendía.

El hombre se inclinó hacia el niño y le indicó:

-Saluda al tío, hijito. Ya ves, es también chofer como tu papá. Sólo que tú y yo íbamos en un camión y él conduce ese pequeño coche.

Mirándome de frente con sus ojos claros como el cielo y sonriendo un poquito, el chiquillo me dio con decisión su manecita, sonrosada y fría. Yo se la estreché suavemente y le pregunté:

-¿Cómo es eso, viejo? ¿Por qué tienes la mano tan fría? Hace calor, y tú estás helado.

Con enternecedora confianza infantil, el pequeño se apretó contra mis rodillas y enarcó asombrado las claras cejas rubias.

-¡Yo que voy a ser un viejo! Yo soy completamente un niño. Y no estoy helado, ¡qué va! Si tengo las manos frías es porque he estado haciendo bolas de nieve.

3

Luego de quitarse de la espalda la mochila escuálida y de tomar asiento a mi lado, el padre dijo:

-¡Estoy aviado con este pasajero! Me trae frito. Cuando caminas a paso largo, él va al trote y, claro, tiene uno que acomodarse a la marcha de este infante. Donde debía dar un solo paso, tengo que dar tres, y así vamos los dos, desacordes, como un caballo y una tortuga. Apenas me descuido, ya se está metiendo en los charcos o arrancando un trozo de hielo para chuparlo como un caramelo. No, no es para hombres viajar con pasajeros de esta clase, y menos a patita.

Hizo una pausa y preguntó:

-¿Y tú qué, hermano, esperas a tus jefes?

Me fue violento sacarlo de su error, diciéndole que yo no era chofer, y respondí:

-Hay que esperar.

-¿Vendrán de la otra orilla?

-Sí.

-¿Sabes si llegará pronto la barca?

-Dentro de un par de horas.

-Bastante tiempo es ése. Bueno, descansaremos entre tanto. Yo no tengo ninguna prisa. Pasaba ya de largo, cuando, de pronto, veo que un hermano chofer está tomando el sol. Me acercaré, me dije, y echaremos juntos un cigarro. Fumar solo es tan triste como morir solo. Vives a lo grande, fumas emboquillados. Se te han mojado, ¿eh? El tabaco mojado, hermano, es como el caballo curado; no sirve para nada. Mejor será que fumemos del mío, que es fuerte.

Sacó del bolsillo del pantalón caqui, de verano, una enrollada bolsita de raída seda color de frambuesa, la desenrolló y yo alcancé a leer una dedicatoria bordada en una de las esquinas: “Al querido combatiente, de una alumna de la escuela secundaria de Lebediansk.”

Fumamos de aquel tabaco campesino, muy fuerte, y estuvimos callados largo rato. Iba ya a preguntarle adónde se dirigía con el niño y qué asunto lo obligaba a viajar con aquel deshielo, pero él se me adelantó:

-¿Te has pasado toda la guerra al volante?

-Casi toda.

-¿En el frente?

-Sí.

-Pues a mí, hermano, también me tocó estar allí y pasar malos tragos a más no poder.

4

Puso sobre las rodillas sus oscuras manazas y se encorvó. Lo miré de reojo y sentí un malestar impreciso… ¿Han visto ustedes alguna vez unos ojos como cubiertos de ceniza, llenos de una angustia tan mortal e insoportable, que cuesta trabajo mirarlos? Pues unos ojos así tenía mi casual interlocutor.

Luego de arrancar del seto una varilla seca y combada, permaneció en silencio unos instantes trazando con ella enrevesadas figuras en la arena; después, empezó a hablar:

-A veces, se pasa uno la noche en vela, escudriñando en la oscuridad con ojos ciegos y piensa: “Vida, ¿por qué me trataste tan despiadadamente? ¿Por qué me has castigado de este modo?” Y no tengo respuesta, ni en la oscuridad ni a la luz del sol… No la tengo, ¡ni la espero! -y de pronto, al caer en la cuenta, empujó cariñosamente al hijito y le dijo-: Anda, querido, vete a jugar un poco junto al agua; junto a las aguas desbordadas, los chiquillos encuentran siempre algo. ¡Pero ten cuidado, no te mojes los pies!

Cuando fumábamos en silencio, yo observando a hurtadillas al padre y al hijo, había advertido ya una circunstancia que me pareció extraña. El chiquillo iba vestido con sencillez, pero su ropilla era buena; la hechura de su larga chaquetita, forrada de fina y desgastada piel de cabra, las diminutas botas altas, lo suficientemente holgadas para ponérselas con calcetines de lana, y un zurcido hecho con mucha maestría para tapar un desgarrón en la manga, todo ello denotaba cuidados de mujer, la cariñosa solicitud de unas hábiles manos maternales. En cambio, el aspecto del padre era distinto: la enguatada chaqueta, quemada en algunos lugares, había sido recosida con descuido, burdamente; el remiendo de los pantalones caqui, de uniforme, no lo había echado como era menester, y más bien parecía sujeto a la ligera con grandes puntadas de hombre; llevaba unas botas nuevas de soldado, pero los compactos calcetines de lana estaban comidos por la polilla sin que hubieran sido arreglados por ninguna mano femenina… y entonces, pensé: “Tú eres viudo o te llevas mal con tu mujer”.

Mas él, después de seguir con la mirada al hijito, tosió broncamente y volvió hablar; yo, todo oídos, lo escuchaba:

-Al principio mi vida fue corriente. Nací en la provincia de Voronezh, el año mil novecientos. Durante la guerra civil serví en el Ejército Rojo, en la división de Kikvidze. El veintidós, el año del hambre, me marché al Kuban, a trabajar como un burro para los kulaks; por eso escapé con vida. Pero el padre y la madre, con una hermanita mía, murieron de hambre. Quedé solo. Sin nadie en el mundo, sin un pariente. Pues bien, al cabo de un año volví del Kuban, vendí la pequeña jata1 y me fui a vivir a Voronezh. Al principio trabajé en un artel de carpinteros; luego pasé a una fábrica y aprendí el oficio de mecánico ajustador. Poco más tarde, me casé. Mi mujer se había criado en una casa de niños. Era huérfana. ¡Buena muchacha me tocó en suerte! Sumisa, alegre, complaciente y lista, ¡bien diferente de mí! Desde niña sabía lo que eran las penas, y quizás eso se reflejara en su carácter. Mirándola desde afuera, desde un lado, no era muy vistosa que digamos, pero yo no la miraba desde un lado, sino de frente. Y no había para mí en el mundo mujer más guapa y deseada que ella, ¡ni la habrá!

5

»Volvía uno del trabajo, cansado, y a veces con un humor de mil diablos. Pero ella no contestaba nunca con rudeza a las rudas palabras mías. Cariñosa, apacible, no sabía qué hacer conmigo y se desvivía, incluso cuando yo traía poco dinero a casa, para prepararme siempre un plato sabroso. La miraba uno y se le ablandaba el corazón, y, al cabo de un ratillo, la abrazaba y le decía: “Perdona, querida Irina, he estado muy grosero contigo. Pero, compréndelo, hoy no me ha ido bien el trabajo.” Y de nuevo reinaba entre nosotros la paz, y la tranquilidad volvía a mi alma. ¿Y tú sabes, hermano, lo que eso significaba para el trabajo? Por la mañana me levantaba como nuevo, iba a la fábrica, ¡y cualquier faena cundía, marchaba de primera en mis manos! Ya ves lo que es tener una mujer y compañera inteligente.

»En ocasiones, los días de cobro ocurría que me iba a beber con los amigos. A veces, también volvía a casa haciendo tantas eses, que seguramente daría miedo verme. La calle era estrecha para uno, sin hablar ya de los callejones. Yo era entonces un muchacho sano y fuerte como un toro; por mucho que bebiera, llegaba siempre por mi pie a casa. Mas, alguna vez que otra, también recorría el último trecho metiendo la primera, es decir, a cuatro patas; pero llegaba. Y de nuevo, ni un reproche, ni gritos ni escándalos. Mi Irina se limitaba a reírse unas miajas de mí, y eso con tiento, no fuera a ofenderme… Me desnudaba y me decía bajito: “Acuéstate junto a la pared, Andriusha, no vayas a caerte, dormido, de la cama”. Bueno, y yo me derrumbaba como un fardo, y todo se balanceaba ante mis ojos. Solo, entre sueños, sentía que ella me pasaba suavemente la mano por los cabellos y susurraba algo con cariño; me acariciaba, por consiguiente…

»Por la mañana, me hacía levantarme dos horas antes de entrar al trabajo, para que me despabilase. Ella sabía que, después de la borrachera, yo no comería nada; por eso me traía un pepino en salmuera o alguna otra cosilla ligera y me llenaba de vodka un vaso de cristal tallado. “Toma, Andriusha, para que se te quite la resaca, pero no debes beber más, querido.” ¿Acaso se podía no hacer honor a semejante confianza? Bebía, le daba las gracias sin palabras, con los ojos únicamente, la besaba y me iba al trabajo como un corderito. En cambio, si me hubiera dicho alguna palabra de más, si hubiera empezado a dar voces o a regañar, estando yo bajo los efectos del alcohol, ¡como hay Dios que me habría emborrachado también al segundo día! Así pasa en otras familias en que la mujer es tonta; yo he visto a imbéciles de ésas, y lo sé bien.

»Pronto, empezaron a llegar los hijitos. Primero nació un niño; luego, dos niñas más… Y entonces me aparté de los compañeros. Llevaba a casa la paga íntegra, pues la familia era ya numerosa, y no era cosa de beber. Los domingos tomaba un bock de cerveza, y punto final.

»El año veintinueve empecé a cobrarle afición a los automóviles. Aprendí a conducir, y empuñé el volante de un camión. Luego, le tomé el gusto a aquello y no quise volver a la fábrica. Manejar el volante me parecía más distraído. Viví de esta manera diez años, sin darme cuenta de cómo pasaron. Se fueron como un sueño. ¿Qué son diez años? Pregúntale a cualquier hombre de edad si se ha enterado de cómo fue su vida, y te dirá que no se ha dado cuenta de nada. El pasado es igual que esa estepa lejana, envuelta en niebla. Por la mañana, iba yo por ella, y todo estaba claro en derredor; pero, después de andar veinte kilómetros, se cubre de niebla y ahora no se distingue desde aquí el bosque de la maleza, ni las tierras aradas de los campos segados.

6

»Trabajé durante esos diez años día y noche. Ganaba bastante, y no vivíamos peor que las demás gentes. Los chicos nos daban alegrías: los tres estudiaban con notas de sobresaliente, y el mayorcito, Anatoli, resultó tan capaz para las matemáticas que hasta llegaron a hablar de él en un periódico de Moscú. Yo mismo, hermano, no sé de quién le vendría tanto talento para esas ciencias. Pero aquello me halagaba mucho y estaba orgulloso de él, ¡muy orgulloso!

»En los diez años ahorramos algún dinerillo y, en vísperas de la guerra, nos hicimos una casita con dos habitaciones pequeñas, despensa y pasillo. Irina compró dos cabras. ¿Qué más necesitábamos? Los chicos comían gachas con leche, teníamos un hogar, estábamos vestidos y calzados; por consiguiente, todo marchaba bien. Sólo que tuve poco acierto para construir la casa. Me dieron una parcela, de seiscientos metros cuadrados, no lejos de una fábrica de aviación. De haber hecho mi nido en otro sitio, tal vez hubiera sido otra mi suerte.

»Y de pronto, la guerra. Al segundo día recibí una citación para que me presentase en el centro de reclutamiento, y al tercer día, al tren militar. Fueron a despedirme a la estación los cuatro míos. Irina, Anatoli y mis hijas Nastienka y Oliushka. Todos los chicos se portaron como unos valientes. Claro que a mis hijas, no sin motivo, se le saltaron unas lagrimillas. A Anatoli solamente se le estremecían los hombros, como si tuviera frío, por aquel entonces ya había cumplido los dieciséis años, y a mi Irina… En los diecisiete años de matrimonio, nunca la había visto así. Toda la noche anterior estuvo mi camisa humedecida por sus lágrimas en el hombro y el pecho, y por la mañana, la misma historia… Llegaron a la estación, y yo, de la lástima que me daba mi mujer, no podía mirarla: tenía los labios hinchados de llanto, los cabellos asomaban revueltos bajo el pañuelo, y los ojos, turbios, como de loca. Los jefes dieron la orden de subir al tren, y ella se derrumbó sobre mi pecho mientras sus manos se aferraban a mi cuello; temblaba toda, como un árbol hendido por un hachazo… los chicos y yo tratábamos de consolarla, pero ¡de nada servía! Otras mujeres hablaban con sus maridos o con sus hijos, pero la mía estaba pegada a mí, como la hoja a la rama, y no hacía más que temblar toda ella sin poder articular palabra. Yo le dije: “¡Hay que ser fuertes, querida Irina! Dime aunque sólo sea unas palabras de despedida.” Ella balbuceó, sollozando a cada palabra: “Querido mío… Andriusha… no volveremos a vernos… más… en este… mundo…”

»A mí mismo se me desgarraba el corazón de la lástima que me daba de ella, y, por si no tenía bastante, me salía con aquellas palabras. Debía comprender que a mí tampoco me era fácil separarme de ellos, pues no iba a ninguna fiesta. ¡Y me llené de coraje! A la fuerza, retiré sus manos y le di un leve empujón en el hombro. Creí que la había empujado ligeramente, pero yo tenía entonces una fuerza tremenda; ella vaciló, retrocedió unos tres pasos y vino de nuevo hacia mí con pasitos cortos, tendiéndome las manos; yo le grité: “¿Es ése modo de despedirse de uno? ¿Por qué me entierras en vida antes de tiempo?” Pero la abracé otra vez, porque veía que estaba trastornada…»

Cortó bruscamente el relato, sin acabar la frase, y en el silencio que se hizo oí como un gorgoteo sordo en su garganta. Y me contagié de su emoción. Dirigí una oblicua mirada al narrador, pero no vi ni una lágrima en sus ojos secos, como de muerto. Estaba sentado, muy gacha la cabeza, inmóvil; únicamente sus grandes manos, que colgaban fláccidas, se estremecían con leve temblor; le temblaba la barbilla, los finos labios…

7

-¡Cálmate, amigo, no recuerdes más! -le aconsejé quedo, pero él no debió de oír mis palabras; haciendo un supremo esfuerzo de voluntad, dominó su emoción y dijo de pronto con voz ronca que se quebraba de un modo extraño:

-Hasta el fin de mis días, hasta que me muera, ¡no me perdonaré nunca el haberla empujado aquel día!

Volvió a callar largo rato. Intentó liar un cigarro, pero se le rompió el papel de periódico, y el tabaco se esparció por sus rodillas. Al fin hizo como pudo un cucurucho, a guisa de pipa, dio con ansia varias chupadas y, luego de toser, continuó:

-Me desgajé de Irina, le cogí la cara con las manos, la besé, y sus labios estaban como el hielo. Me despedí de los chicos, corrí al vagón y salté al estribo, ya en marcha. El tren arrancaba despacio, despacio; tuve que pasar frente a los míos. Vi que mis hijitos, desvalidos, agrupados en apretado haz, agitaban las manecitas dándome su adiós, querían sonreír, pero no les salía la sonrisa. Irina se apretaba las manos contra el pecho; tenía los labios más blancos que el papel, murmuraba algo, me miraba sin pestañear y tendía todo el cuerpo adelante como si quisiera avanzar contra un viento recio… Así ha quedado en mi memoria, para toda la vida: las manos apretadas contra el pecho, los labios blancos, los ojos muy abiertos, anegados en lágrimas… La mayoría de las veces, siempre la veo así en sueños… ¿Por qué la empujaría entonces? Y hasta ahora, cuando lo recuerdo, es como si me partieran el corazón con un cuchillo romo…

»Organizaron nuestra unidad cerca de Bielaia Tserkov, en Ucrania. A mí me dieron un camión ZIS-5. Y en él marché al frente. Bueno, de la guerra no voy a contarle nada, porque tú mismo la viste y sabes cómo fue al principio. De los míos recibía carta con frecuencia; yo les mandaba unas líneas de tarde en tarde. A veces, escribía uno diciendo: “Todo marcha bien, peleamos un poquillo y, aunque ahora retrocedemos, pronto reuniremos fuerzas y les daremos a los fritz para el pelo”. ¿Qué otra cosa se podía decir? Malos tiempos eran, no estábamos para escribir. Además, debo reconocer que yo mismo no era aficionado a tocar las cuerdas sensibles con quejas y no podía soportar a esos llorones que cada día, viniera o no a cuento, les escribían a sus mujeres y a sus adorados tormentos llenando el papel de mocos. “Esto es duro -decían-, penoso; en cualquier momento te pueden matar.” Y esos maricas con pantalones se quejaban, buscaban compasión, babeaban, sin querer comprender que las pobres mujeres y niños de la retaguardia no lo pasaban mejor que nosotros. ¡Todo el estado se apoyaba en ellos! ¡Qué espaldas tenían que tener nuestras mujeres y nuestros hijos para no doblegarse bajo un peso tan grande! Y sin embargo, ¡no se doblegaron, resistieron! Y esos bribones, esos gallinas, escribían cartas lloronas que para las mujeres que trabajaban eran como un palo en los calcañales. Las desdichadas, después de recibir semejantes cartas, dejaban caer los brazos con desaliento y ya no podían con el trabajo. ¡No! Para eso eres hombre y soldado, para soportarlo todo, para aguantarlo todo si es preciso. Y si tienes más madera de mujer que de hombre, ponte un miriñaque para abultar tu flaco trasero, a fin de que, al menos por detrás, te parezcas a ellas, y vete a escardar remolacha o a ordeñar vacas, pues en el frente no se necesitan hombres como tú, ¡ya hay bastante pestilencia!

8

»Pero no tuve que combatir ni siquiera un año… En ese tiempo me hirieron dos veces, las dos levemente; una, en un brazo, sin tocarme el hueso; otra, en una pierna; la primera, de bala, desde un avión; la segunda, de un casco de metralla. Los alemanes me agujerearon el coche por arriba y por los lados, pero yo, hermano, en los primeros tiempos tuve suerte. Siguió la suerte hasta que vino la negra… Me hicieron prisionero cerca de Losovienki, en mayo del cuarenta y dos, en desgraciadas circunstancias: los alemanes atacaban entonces de firme, y una de nuestras baterías de obuses, de ciento veintidós milímetros, se quedó casi sin munición; abarrotaron mi camión de proyectiles, a más no poder, y yo mismo trabajé tanto en la carga, que tenía la guerrera pegada a la espalda de lo mucho que sudé. Había que darse gran prisa, porque el enemigo se acercaba: a la izquierda se oía el estruendo de sus tanques; a la derecha, fuerte tiroteo; delante, tiros también, y ya empezaba a oler a chamusquina…

»El jefe de nuestra compañía de transporte me preguntó: “¿Podrías pasar, Solokov?” Holgaba la pregunta. Allí mis camaradas quizás estuvieran cayendo, ¿cómo iba yo a andarme con remilgos? “¡Ni que decir tiene! -le contesté-. Debo pasar, ¡y asunto concluido!” “Bueno -me dijo-, ¡embala! ¡Lánzate a todo gas!”

»Y me lancé a todo gas. ¡Nunca había corrido tanto como aquella vez! Sabía que no llevaba patatas y que con una carga semejante era preciso ir con precaución, pero ¿qué precaución cabía cuando los muchachos estaban peleando con las manos vacías y todo el camino, de punta a punta, estaba batido por el fuego de los cañones? Recorrí unos seis kilómetros; pronto debía tirar hacia un sendero para llegar al barranco donde estaba emplazada la batería, cuando miro y… ¡ay, madre santa! Por la derecha y por la izquierda venía, esparciéndose por el campo, nuestra infantería; las minas estallaban ya entre sus filas. ¿Qué hacer? ¿Dar la vuelta? ¡Pisé el acelerador a fondo! Hasta la batería no quedaba más que una insignificancia, cosa de un kilómetro; había ya virado hacia el sendero, pero no logré llegar hasta los nuestros, hermano… Por lo visto, un disparo de artillería pesada, de largo alcance, me lanzó fuera del camión. No oí siquiera el estampido, nada; sólo sentí como si me estallase algo dentro de la cabeza; no recuerdo más. No sé cómo escapé con vida entonces ni cuánto tiempo estuve tirado en tierra, a unos ocho metros de la cuneta. Recobré el conocimiento, pero no podía levantarme: la cabeza me temblaba, y todo yo tiritaba como si tuviese mucha fiebre, se me nublaba la vista, en el hombro izquierdo algo crujía y chirriaba, y sentía un dolor tan grande por todo el cuerpo, que cualquiera diría que me habían estado dando palos dos días seguidos. Largo rato me arrastré por tierra; al fin, me levanté como pude. Pero de nuevo no comprendía nada: ni dónde estaba ni qué me había ocurrido. Había perdido la memoria por completo. Me daba miedo volverme a tumbar. Temía que, si me tumbaba, no volvería a levantarme más, moriría. Estaba en pie, tambaleándome como un álamo agitado por el vendaval.

»Cuando volví en mí y recobré el discernimiento, miré detenidamente alrededor, y sentí como si me retorciera el corazón con unas tenazas: por todas partes estaban tirados los proyectiles que yo traía: no lejos, hecho pedazos, se encontraba mi camión, volcado con las ruedas para arriba. ¿Qué era aquello?

9

»No hay por qué ocultarlo, las piernas se me doblaron solas y caí como derribado por un hachazo, pues me di cuenta de que estaba cercado, mejor dicho, de que era ya prisionero de los alemanes. Ya ves las cosas que ocurren en la guerra…

»¡Ay hermano, qué doloroso es darse cuenta de que, en contra de tu voluntad, te encuentras prisionero! A quien no haya pasado por ese trance no es posible llegarle al alma, hacerle comprender como es debido lo que eso significa.

»Pues bien, yacía en tierra, cuando oigo estruendo de tanques. Cuatro tanques alemanes, medianos, corrían a toda marcha frente a mí, en dirección al lugar de donde yo había salido con las municiones… ¿Cómo soportar aquel dolor? Luego, pasaron unos tractores arrastrando unos cañones, una cocina de campaña, y después, la infantería, poco, no más de una compañía diezmada. Los estuve mirando de refilón y apreté de nuevo la cara contra la tierra y cerré los ojos: dolía verlos, y el corazón dolía también…

»Creí que habían pasado todos, alcé un poco la cabeza y vi a seis soldados, con fusil ametrallador, que caminaban a unos cien metros. De pronto, dejaron el camino y se dirigieron derechos hacia mí. Venían en silencio. “Bueno -pensé- me ha llegado la hora.” Me senté, pues no quería morir echado; luego, me puse en pie. Uno de los soldados se detuvo a unos pasos, meneó bruscamente el hombro y se descolgó el fusil ametrallador. ¡Qué curioso es el carácter del hombre…! En aquel momento no sentía el menor pánico ni se me encogió el corazón. No hacía más que mirarlos y pensar: “Ahora me soltará una ráfaga corta, pero, ¿dónde me disparará: en la cabeza o cruzándome el pecho? ¡Como si a mí no me diera lo mismo que me acribillase una parte u otra!

»Era un mozo negrete, de buena presencia, con los labios finos como hilos y los ojos entornados. “Este me mata y se quedará tan fresco”, deduje. Y en efecto: me apuntó con el fusil ametrallador; yo lo miré de frente, a la cara, sin decir palabra, pero otro -un cabo o algo así, de más edad, puede decirse que ya entrado en años- gritó algo, lo apartó de un empujón, se acercó a mí, farfulló no sé qué en su lengua y me dobló el brazo derecho, para palparme el músculo, por consiguiente. Hecha la comprobación exclamó: “¡O-oh!” y señaló hacia el camino, en dirección a donde se ponía el sol. “Arre, bestia de carga, trabaja para nuestro Reich.” ¡Resultó que era un amo, el hijo de perra!

»Pero el negrete había echado el ojo a mis botas altas, que tenían buena vista, y me dijo señalando con el dedo: “¡Quítatelas!” Yo me senté en el suelo, me las quité y se las ofrecí. Él me las arrebató de las manos. Me desenrollé los peales y se los tendí también, mirándolo de abajo arriba. Pero él empezó a dar voces, a soltar tacos en su lengua, y empuñó de nuevo el fusil ametrallador. Los demás reían a carcajadas, como si relinchasen. Y así se fueron, por las buenas. Sólo el negrete, antes de llegar al camino, volvió dos o tres veces la cabeza mirándome con ojos centelleantes, de lobezno; estaba furioso, pero ¿por qué? Cualquiera diría que le había quitado yo las botas, en lugar de él a mí.

»¿Y qué iba a hacer yo, hermano? No había más remedio. Salí al camino, jurando como un carretero, con escogidos ajos de la región de Voronezh, y eché a andar hacia el oeste, ¡hacia el cautiverio…! Pero mi andadura era entonces flojilla, un kilómetro por hora, no más… Quería uno ir adelante, y daba bandazos de un lado para otro, haciendo eses como un borracho.

10

Anduve un trecho y me dio alcance una columna de prisioneros; gente nuestra, de la división mía. Los conducían diez soldados alemanes con fusil ametrallador. El que iba al frente de la columna, al llegar a mi altura, sin decir una mala palabra, me golpeó en la cabeza, de un revés, con la culata del fusil. Si hubiera caído me habría cosido a la tierra con una ráfaga, pero los nuestros me cogieron antes de que cayera, me empujaron al centro y me llevaron, sujetándome de los brazos, durante media hora. Y cuando recobré el sentido, oí que uno de ellos me susurraba: “¡Líbrete Dios de caer! Camina aunque sea con tus últimas fuerzas; si no, te matarán.” Y yo, con mis últimas fuerzas, caminé.

»En cuanto el sol se hubo ocultado, los alemanes reforzaron la escolta; en un camión, trajeron unos veinte soldados más con fusil ametrallador; nos arrearon a paso ligero. Los heridos graves no podían seguir a los demás, y los mataban a tiros en la misma carretera. Dos intentaron huir, sin tener en cuenta que en una noche de luna, en campo raso, se le ve a uno divinamente, y claro, los mataron también. A medianoche llegamos a un pueblo medio quemado. Nos encerraron en una iglesia con la cúpula destrozada, para pernoctar allí. En el suelo de losas no había ni un puñado de paja, y todos íbamos sin capote, a cuerpo gentil, de modo que no teníamos nada con que hacer un lecho. Algunos ni siquiera llevaban guerrera, sólo la camisa de lienzo. En su mayoría eran oficiales de poca graduación. Se habían quitado las guerreras y chaquetas de uniforme para que no se les distinguiera de los soldados rasos. Los habían hecho prisioneros cuando estaban casi desnudos, en su faena, y así continuaban.

»Por la noche cayó una lluvia tan torrencial, que todos nos calamos hasta los huesos. La cúpula se la había llevado algún proyectil pesado o alguna bomba de avión y toda la techumbre estaba hecha una criba a causa de la metralla; no había un sitio seco ni siquiera en el altar. Así pasamos la noche entera, como ovejas en un redil oscuro. Mediada la noche, noto que alguien me toca el brazo y me pregunta: “Camarada, ¿no estás herido?” “¿Y a ti qué te importa, hermano?”, le contesto. Y él me dice: “Soy médico militar, tal vez pueda prestarte alguna ayuda”. Yo me quejé de que el hombro izquierdo me crujía, se me había hinchado y me dolía terriblemente. Él dijo con firmeza: “Quítate la guerrera y la camisa”. Me quité todo aquello y él empezó a palparme el hombro aferrándose a él con sus dedos finos, de un modo que me hizo ver las estrellas. Rechinaron mis dientes y le dije: “Tú debes ser veterinario; y no médico de personas. ¿Por qué me aprietas así en el sitio dolorido?, ¿es que no tienes entrañas?” Pero él seguía palpando y me contestaba maligno: “¡Tu obligación es callar! Vaya un charlatán que me has salido. Aguanta, que ahora te dolerá aún más”. Y cuando me tiró el brazo vi unas chispas rojas que saltaban de mis ojos.

»Me repuse un poco y le pregunté: “¿Qué estás haciendo, fascista desgraciado? Tengo el brazo hecho cisco, y tú me das esos tirones”. Oigo que se ríe por lo bajo y me dice: “Creí que me ibas a golpear con la derecha, pero resulta que eres un muchacho pacífico. No tienes el brazo roto, sino dislocado, ya te he puesto el hueso en su sitio. Bueno, ¿qué tal ahora, sientes alivio?” Y en realidad notaba que el dolor iba desapareciendo. Le di las gracias, de corazón, y él siguió adelante en la oscuridad, preguntado bajito: “¿Hay algún herido?” ¡Ya ves lo que es un verdadero doctor! Hasta en el cautiverio y en las tinieblas cumple su gran misión.

11

»Intranquila fue la noche aquella. No se permitía salir a hacer aguas; así nos lo había advertido el jefe de la escolta cuando nos metían por parejas en la iglesia. Y, como por castigo, a uno de los nuestros, un beato, le entraron muchas ganas de hacer una necesidad. Estuvo aguantando y aguantando hasta que empezó a lloriquear: “¡No puedo -decía- profanar un lugar sagrado! ¡Yo soy creyente, yo soy cristiano! ¿Qué hago, hermanos míos?” Y los nuestros, ¡ya sabes tú como son! Unos se reían, otros soltaban ternos, los de más allá le daban toda clase de graciosos consejos. Nos alegró a todos el beato, pero aquel barullo acabó de muy mala manera: el del apretón empezó a aporrear la puerta y a pedir que lo dejasen salir. Bueno, y contestaron a su petición: un fascista disparó una larga ráfaga a través de la puerta, a todo lo ancho, y mató al beato aquel y a tres hombres más; otro fue gravemente herido y murió al amanecer.

»Pusimos a los muertos en un sitio aparte, nos sentamos todos y quedamos en silencio, pensativos: el principio no era muy alegre… Poco después, empezamos a hablar a media voz, a cuchichear: de dónde era cada uno, de qué distrito, cómo lo habían hecho prisionero; en la oscuridad, los camaradas de una misma sección o los conocidos de una misma compañía se perdían, y empezaban a llamarse unos a otros, en voz baja. Junto a mí, oí esta queda conversación. Uno decía: “Si mañana, antes de llevarnos más lejos, nos forman y preguntan por los comisarios, los comunistas y los hebreos, tú, jefe de la sección, no te escondas… No conseguirás nada con ello. ¿Te figuras que, porque te has quitado la guerrera, vas a pasar por un soldado raso? ¡No, eso no cuela! Yo no estoy dispuesto a responder por ti. ¡Seré el primero en señalarte! Yo sé que eres comunista y que me hiciste propaganda para que ingresase en el partido, ¡pues responde ahora de tus actos!” Esto lo decía uno que estaba sentado, cerca, junto a mí, y al otro lado de él una voz joven le contestó: “Siempre sospechaba que tú, Krizhnev, eras una mala persona. Sobre todo cuando te negaste a ingresar en el partido, alegando tu poca instrucción. Pero nunca creí que pudieses llegar a ser un traidor. Pues tú has terminado la escuela secundaria, ¿verdad?” El interpelado respondió con desgana a su jefe de sección: “Bueno, la terminé, ¿y eso qué tiene que ver?” Estuvieron callados largo rato; luego, el jefe de la sección -lo reconocí por la voz-, dijo bajito: “No me delates, camarada Krizhnev.” Y éste repuso soltando una maligna risita: “Los camaradas se han quedado al otro lado del frente, yo no soy camarada tuyo; no me vengas con ruegos, porque de todos modos te señalaré. Cada uno cuida de su pellejo”.

»Callaron los dos; y yo sentí un escalofrío ante aquella ruindad. “¡No -pensé-, no te permitiré, hijo de perra, que delates a tu jefe! No saldrás vivo de esta iglesia, te sacarán de los pies, ¡como una res muerta!” Empezaba a clarear un poco y vi que, junto a mí, estaba tumbando boca arriba un mocetón de cara grande, con las manos cruzadas bajo la nuca, y cerca de él, sentado, abarcándose las rodillas con los brazos, había un muchachito en mangas de camisa, delgaducho, chatillo y muy pálido. “Desde luego -pensé-, ese muchachito no podrá con un caballo castrado tan gordo. Tendré yo que despacharlo”.

»Toqué al jovencillo en el brazo y le pregunté en un susurro: “¿Tú eres jefe de sección?” Él se limitó a asentir la cabeza. “¿Ese te quiere delatar?”, le pregunté, señalando al mocetón que estaba tumbado. Volvió a inclinar la cabeza, confirmando. “Bueno -le dije-, ¡sujétalo por las patas para que no cocee! ¡Venga, vivo!”, y caí sobre el mocetón y le atenacé el gañote con los dedos.

12

No tuvo tiempo ni de lanzar un grito. Lo sujeté debajo de mí un rato y me incorporé. Ya estaba liquidado el traidor, ¡y con la lengua fuera, colgando a un lado!

»Después de aquello, sentía una desazón muy grande y un deseo terrible de lavarme las manos, como si, en vez de a un hombre, hubiese estrangulado a un reptil repugnante… Era la primera vez que mataba en mi vida, y además a uno de los nuestros… Aunque, ¡qué iba a ser de los nuestros! Era peor que un extraño, un traidor. Me levanté y le dije al jefe de la sección: “Vámonos de aquí, camarada, la iglesia es grande”.

»Como había dicho el Krizhnev aquel, por la mañana nos formaron a todos, junto a la iglesia, nos cercaron con un cordón de soldados con fusil ametrallador, y tres oficiales de los S.S. empezaron a seleccionar a la gente más peligrosa para ellos. Preguntaron quiénes eran comunistas, jefes de unidad o comisarios, pero no apareció ninguno. Como no apareció tampoco ni un solo canalla que delatase, porque entre nosotros eran comunistas casi la mitad y había jefes de unidad y, ni qué decir tiene, también comisarios. Sólo sacaron cuatro, entre doscientos hombres y pico. Uno hebreo y tres rusos, soldados rasos. Los rusos cayeron en desgracia porque los tres era morenos y tenían el pelo rizoso. Se acercaban a uno de éstos y le preguntaban: “¿Judío?” Él decía que era ruso, pero no querían ni escucharlo. “Sal, y se acabó”.

»Fusilaron a aquellos pobretes y a nosotros nos llevaron más adelante. El jefe de sección que había estrangulado conmigo al traidor se mantuvo a mi lado hasta el mismo Poznan; el primer día me estrechaba la mano de cuando en cuando, sobre la marcha. En Poznan nos separaron por la razón que voy a contarte. Es el caso, hermano, que desde el primer día venía yo pensando en marcharme con los nuestros. Pero quería escaparme con seguridad de éxito. Hasta el mismo Poznan, donde nos metieron en un verdadero campo de prisioneros, no se me había presentado ni una sola vez una ocasión favorable. Y en el campo de Poznan pareció presentarse: a fines de mayo, nos mandaron a un bosquecillo cercano al campo a cavar una fosa para unos prisioneros, compañeros nuestros, que habían muerto; en aquel tiempo muchos de nuestros hermanos morían de disentería; estaba yo cavando la arcilla de Poznan, y mirando de cuando en cuando alrededor, y de pronto observé que dos de los guardianes se habían sentado a tomar un bocado y el tercero dormitaba al solecillo. Tiré la pala y, sin hacer ruido, me escondí detrás de un matorral… Luego eché a correr, todo derecho, en dirección adonde salía el sol…

»Por los visto, mis guardianes tardaron en darse cuanta. Pero, ¿de dónde sacaría yo, estando tan extenuado como estaba, fuerzas para recorrer casi cuarenta kilómetros en un día? Yo mismo no lo sé. Sin embargo, de mis ilusiones no resultó nada: al cuarto día, cuando ya estaba lejos del maldito campo, me atraparon. Unos perros policías me siguieron la pista y me encontraron en un campo de avena sin segar.

»Al amanecer, me había dado miedo de seguir caminando a campo raso, y como hasta el bosque quedaban no menos de tres kilómetros, me tumbé entre la avena para descansar durante el día. Estrujé unos granos con las palmas, comí un poco y me llené los bolsillos de reservas. De pronto oigo unos ladridos y el traqueteo de una moto… Se me desgarró el corazón, porque los perros ladraban cada vez más cerca. Me tendí, pegándome al terreno, y me tapé la cara con las manos para que al menos no me mordieran en ella. Bueno, llegaron corriendo y me arrancaron en un instante todos los harapos del cuerpo, dejándome como me parió mi madre.

13

Estuvieron rodándome por la avena todo el tiempo que les dio la gana y, por último, un perro me puso las patas delanteras en el pecho y enfiló el hocico hacia mi garganta, pero por el momento no me tocó.

»Llegaron unos alemanes en dos motocicletas. Primero me golpearon cuanto se les antojó; luego, azuzaron contra mí los perros; la piel y la carne saltaban de mi cuerpo a pedazos. Desnudo, bañado en sangre, me llevaron al campo de prisioneros. Me pasé un mes metido en el calabozo, por el intento de fuga; pero, a pesar de todo, salí del trance con vida… ¡con vida!

»Doloroso es, hermano, recordar, y más aún referir lo que hubo que pasar en el cautiverio. Cuando recuerda uno los tormentos inhumanos que tuvimos que soportar allí, en Alemania, y a todos los amigos y camaradas que perecieron martirizados en aquellos campos de concentración, el corazón se sube a la garganta y cuesta trabajo respirar.

»¡Adónde no me llevarían en los dos años de cautiverio! Recorrí media Alemania en este tiempo; estuve en Sajonia, trabajando en una fábrica de silicatos; en la región del Ruhr, picando carbón en una mina; en Baviera, echando joroba en trabajos de excavación, y en Turingia también… ¡Por qué lugares de la tierra alemana no caminaría yo! Ni el diablo lo sabe. La naturaleza, hermano, es allí distinta en todas partes, pero en todas partes nos ametrallaban y pegaban igual. Y pegaban los miserables parásitos, malditos de Dios, como nunca se ha pegado en nuestra tierra ni a las bestias. Nos daban puñetazos, nos pateaban, nos golpeaban con porras de goma, con los hierros de toda clase que encontraban a mano, sin hablar ya de las culatadas de los fusiles y otros maderos.

»Te golpeaban porque eras ruso, porque aún vivías en el mundo, porque trabajabas para ellos, para los muy canallas. Te pegaban porque no mirabas, porque no andabas, porque no te volvías como a ellos les gustaba… Pegaban sencillamente para matarte alguna vez, para que te atragantases con tu última bocanada de sangre y reventaras de las palizas. Por lo visto, no había para nosotros en Alemania bastantes hornos crematorios…

»Y nos daban de comer lo mismo en todas partes: ciento cincuenta gramos de algo parecido a pan, mitad aserrín, y una sopa clara de nabos. Agua hervida daban en algunas partes; en otras, no. En fin, ¡qué te voy a decir! Imagínate: antes de la guerra pesaba yo ochenta y seis kilos, y para el otoño no me quedaban más que cincuenta. Estaba en los puros huesos, e incluso los huesos ya no tenía fuerza para arrastrarlos. Y venga trabajo, y no rechistes; además, un trabajo que un caballo de carga no habría podido con él.

»A primeros de septiembre, nos trasladaron a ciento cuarenta y dos prisioneros soviéticos desde un campo cerca de la ciudad de Küstrin al campo B-14, no lejos de Dresde. Por aquel tiempo había allí alrededor de dos mil de los nuestros. Todos trabajaban en una cantera; a mano, extraían, picaban y machacaban piedra alemana. La norma era de cuatro metros cúbicos diarios por alma, advirtiéndote que aquella gente apenas tenía ya sujeta el alma al cuerpo con un hilo muy fino. Y empezó la cosa: al cabo de dos meses, de ciento cuarenta y dos hombres que éramos en nuestra expedición, sólo quedábamos cincuenta y siete. ¿Qué te parece, hermano? Mal asunto, ¿verdad? No dábamos abasto a enterrar a los nuestros y además circulaban por el campo rumores de que los alemanes habían tomado Stalingrado y seguían avanzando hacia Siberia. Una pena tras otra, y te encorvaban de tal manera, que no alzabas los ojos de la tierra alemana, de aquella tierra extraña, como si le pidieras que a ti también te recogiese en su seno.

14

Entretanto, los de la guardia del campo bebían todos los días, berreaban canciones, estaban muy contentos, locos de júbilo.

»Un anochecer volvimos al barracón después de trabajo. Había estado lloviendo todo el día. Teníamos los harapos chorreando; tiritábamos todos como perros, al viento frío, dando diente con diente. Y no había dónde secarse, ni dónde calentarse un poco; por añadidura, traíamos un hambre tremenda, más que tremenda, espantosa. Pero por las noches no nos correspondía comer.

»Me quité los empapados andrajos, me tumbé en el camastro de madera y dije: “Ellos necesitan que les demos cuatro metros cúbicos, por cabeza, pero a cada uno de nosotros le basta y le sobra con un metro cúbico, para su sepultura”. No dije más, pero no faltó entre los nuestros un canalla que fuese a contarle al comandante del campo mis amargas palabras.

»El comandante del campo -el lagerführer en su lengua- era un alemán llamado Müller, macizo, de mediana estatura, albino y todo él como blancuzco: los cabellos, las cejas, las pestañas, incluso los ojos, eran blanquecinos, saltones. Hablaba el ruso como tú y yo, y además recargando el acento en la “o”; alegaba que era oriundo de la región del Volga. Y en lo de soltar ajos, tacos y ternos era un verdadero maestro. ¿Dónde habría aprendido aquel maldito el oficio? A veces, nos formaba ante el block -como llamaban ellos al barrancón-, pasaba frente a la formación, acompañado de su jauría de los S.S. y con el brazo derecho extendido. Llevaba la mano enfundada en un guante de cuero, y en el guante una manopla de plomo, para no lastimarse los dedos. Al pasar daba un puñetazo en las narices a uno sí y otro no, haciendo echar sangre. A eso le llamaba él “profiláctica contra la gripe”. Y así todos los días. En el campo había cuatro blocks en total; tal como hoy, hacía la “profiláctica” del primero; mañana, del segundo, y así sucesivamente. Puntual era el miserable, trabajaba incluso los días festivos. Pero había una cosa que el imbécil no podía comprender: antes de ponerse a sacudir, el tipo, para enardecerse, estaba unos diez minutos blasfemando delante de la formación; insultaba en vano, porque a nosotros aquello nos producía alivio, pues tales palabras, de nuestra lengua materna, eran como una brisa acariciadora que viniese de la tierra natal… Si hubiera sabido que sus insultos sólo nos producían placer, no habría blasfemado en ruso, sino en su idioma. Sólo un amigo mío, un moscovita, se enfadaba terriblemente. “Cuando suelta esas palabrotas -decía-, cierro los ojos y me parece que estoy en Moscú, en Satsiep, sentado en una cervecería, y me entran unas ganas tan grandes de beber cerveza, que la cabeza se me va…”

»Pues bien, ese mismo comandante, al día siguiente de haber dicho yo lo del metro cúbico, me llamó a su despacho. Al anochecer vino el intérprete al barrancón, acompañado de dos guardianes. “¿Quién es Andrei Sokolov?” Dije que era yo. “Ven con nosotros, te llama el propio herr lagerführer en persona”. Estaba claro para qué me llamaba. Para liquidarme. Me despedí de los camaradas, todos sabían que iba a la muerte, di un suspiro y me fui. Caminaba ya por el patio del campo de concentración, miraba a las estrellas, me despedía de ellas y pensaba: “Bueno, se acabaron tus tormentos, Andrei Solokov, número trescientos treinta y uno en este campo”. Me dio pena de Irina, de los hijitos, pero luego aquella pena fue calmándose y empecé a armarme de valor para mirar impávido al cañón de la pistola, como corresponde a un soldado, para que los enemigos no vieran en mi último instante que, a pesar de todo, me costaba trabajo desprenderme de la vida…

15

»En la comandancia había tiestos de flores en los alféizares de las ventanas; estaba todo limpio, como en un buen club nuestro. Sentados a la mesa estaban todos los jefes del campo; eran cinco, bebían shnapps2; comían tocino como entremés. Sobre la mesa había un panzudo botellón de shnapps, pan, tocino, manzanas en adobo, botes abiertos de conservas de diferentes clases. Eché a todos aquellos manjares una rápida ojeada y, no lo querrás creer, pero me entró una desazón tan grande, que estuve a punto de vomitar. Tenía hambre de lobo, había perdido la costumbre de comer lo que comen las personas, y de pronto aparecía toda aquella bendición delante de mí… Como pude dominé las náuseas, pero hube de hacer un enorme esfuerzo para apartar los ojos de la mesa.

»Frente a mí estaba sentado Müller, medio borracho; jugueteaba con la pistola, tirándosela de una mano a otra, y me miraba sin pestañear, como una serpiente. Bueno, yo me puse firme, di un taconazo e informé en voz alta: “El prisionero Andrei Solokov se presenta por orden de usted, herr kommandant”. Él me preguntó: “¿De modo, russ Iván, que cuatro metros cúbicos de norma de trabajo es mucho?” “Exacto -le respondí-, herr kommandant, es mucho”. “¿Y con uno tienes bastante para tu sepultura?” “Exacto, herr kommandant, con uno me basta y hasta me sobra”.

»Se levantó y dijo: “Voy a hacerte un gran honor, ahora te mataré personalmente por esas palabras. Aquí no estaría bien, vamos al patio y allí te daré el pasaporte”. “Como usted quiera”, le repuse. Se levantó y quedó un momento pensativo; luego, tiró la pistola sobre la mesa, llenó de shnapps un vaso, tomó una rebanada de pan, le puso encina una loncha de tocino y me tendió todo aquello al tiempo que decía: “Bebe, russ Iván, antes de morir, por la victoria de las armas alemanas”.

»Yo cogí de sus manos el vaso y la tapa, pero en cuanto oí aquellas palabras, ¡me pareció que me quemaban como un hierro candente! Y pensé: “Yo, un soldado ruso, ¿voy a beber por la victoria de las armas alemanas? ¿Y no quieres alguna otra cosa más, herr kommandant? De todos modos, voy a morir, por lo tanto, ¡vete a hacer puñetas con tu vodka!”

»Dejé sobre la mesa el vaso, puse allí también el bocadillo y dije: “Les agradezco su invitación, pero yo no bebo”. Él sonrió: “¿No quieres beber por nuestra victoria? En este caso, bebe por tu muerte”. ¿Qué tenía yo que perder? “Por mi muerte y la liberación de mis sufrimientos, beberé”, repuse. Dicho esto, cogí el vaso y, de dos tragos me lo eché al coleto, pero no toqué el bocadillo; cortésmente, me limpié los labios con la palma de la mano y dije: “Le agradezco la fineza. Estoy a su disposición, herr kommandant, vamos, deme usted el pasaporte”.

»Pero él se me quedó mirando con atención y dijo: “Toma siquiera un bocado antes de la muerte”. Yo le contesté: “Después del primer vaso, nunca como”. Me sirvió el segundo y me lo dio. Me bebí también el segundo, pero, de nuevo, no toqué el bocadillo; empinaba el codo para tomar valor, pensando: “Al menos me emborracharé antes de salir al patio a despedirme de la vida”. El comandante, enarcando mucho las cejas blanquecidas, me preguntó: “¿Por qué no comes, russ Iván? ¡No te dé vergüenza!” Y yo le repliqué: “Perdóneme usted, herr kommandant, pero, después del segundo vaso, tampoco acostumbro comer”.

16

Infló los carrillos, dio un resoplido, soltó la carcajada y, entre risas, dijo rápidamente algo en alemán; por lo visto, estaba traduciendo mis palabras a sus amigos. Éstos también se echaron a reír, corrieron las sillas y volvieron sus carotas hacia mí; entonces observé que me miraban ya de otra manera, como más suavemente.

»Me sirvió el comandante el tercer vaso, y su mano temblequeaba de la risa. Me lo bebí despacio, comí un pedacito de pan y dejé el resto sobre la mesa. Quería demostrarles a los malditos que, aunque no podía tenerme en pie, de hambre, no me disponía a atragantarme con su limosna, que tenía mi dignidad y mi orgullo rusos y que, por mucho que habían hecho, no habían conseguido convertirme en una bestia.

»Después de aquello, el comandante puso una cara seria, se enderezó sobre el pecho las dos cruces de hierro, se levantó de la mesa, sin armas, y dijo: “Mira, Solokov, tú eres un verdadero soldado ruso. Un soldado valiente. Yo también soy un soldado y respecto la dignidad de los enemigos. No te mataré. Además, hoy nuestras gloriosas tropas han llegado al Volga y conquistado por completo a la ciudad de Stalingrado. Esto es para nosotros una gran alegría; por ello, te concedo magnánimamente la vida. Vete a tu block, y toma esto, por tu valentía”, y cogiendo de la mesa un pan no muy grande y un trozo de tocino, me lo dio.

»Yo apreté el pan contra el pecho, con todas mis fuerzas, tenía el tocino en la mano izquierda y era tan grande mi desconcierto ante aquel cambio inesperado, que ni siquiera di las gracias; giré sobre los talones, hacia la izquierda, y me dirigí hacia la salida, pensando: “Ahora me meterá una bala entre las dos paletillas y yo no podré llevarles a los muchachos estos víveres.” Pero no, escapé felizmente. También esta vez pasó la muerte de largo, junto a mí, y sólo sentí su frío aliento…

»Salí de la comandancia con paso firme, pero en el patio empecé a dar bandazos. Irrumpí en la barranca y me derrumbé sobre el piso de cemento. Me despertaron los nuestros antes del amanecer: “¡Cuéntanos!” Bueno, y yo recordé todo lo que había pasado en la comandancia; se lo referí. “¿Cómo vamos a repartir los víveres?”, me preguntó mi compañero de camastro, y la voz le temblaba. “A todos por igual”, contesté yo. Esperamos a que amaneciera. Cortamos el pan y el tocino, midiéndolo rigurosamente con una cuerda, en porciones idénticas. A cada uno le correspondió un pedazo de pan del tamaño de una caja de cerillas, calculando hasta las migajas, y en cuanto al tocino, bueno, ya te puedes figurar, lo suficiente para untarse los labios. Sin embargo, lo repartimos todo sin que nadie se ofendiera.

»Pronto nos mandaron, a unos trescientos hombres de los más fuertes, a desecar un pantano; luego, a la región de Ruhr, a las minas. Allí me pasé hasta el año cuarenta y cuatro. Por aquel tiempo los nuestros ya le habían desencajado las mandíbulas a Alemania, y los fascistas dejaron de hacerles ascos a los prisioneros. Una vez nos formaron, a todo el relevo del día, y un oberleuntnant recién llegado dijo, a través del intérprete: “El que haya servido de chofer en el ejército, o haya trabajado en esta profesión antes de la guerra, que dé un paso al frente”. Avanzamos siete hombres, antiguos choferes. Nos entregaron ropa de trabajo usada y nos llevaron custodiados a la ciudad de Potsdam. Llegamos allí, y a cada uno lo enviaron a un sitio diferente. A mí me pusieron a trabajar en la “Todte”; había en Alemania una compañía que se dedicaba a la construcción de carreteras y a obras de defensa.

17

»Yo conducía el Oppel-Admiral de un ingeniero alemán que tenía el grado de comandante del ejercito. ¡Qué gordiflón era el fascista aquel! Pequeño, barrigudo, tan ancho como largo y un culón como una mujer de buenas carnes. Por delante, sobre el cuello de la guerrera, le asomaban tres papadas colgantes, y detrás, en el cogote, le sobresalían tres grandes pliegues. Yo calculaba que tendría no menos de tres puds de grasa pura. Al andar, resoplaba como una locomotora, y cuando se sentaba a la mesa, ¡tragaba que era un espanto! A veces se pasaba el día entero dándoles trabajo a las muelas y tientos a la cantimplora de coñac. Alguna vez que otra a mí también me tocaba algo: nos parábamos en la carretera, él cortaba unas rodajas de salchichón y de queso, tomaba un bocado y echaba un trago; cuando estaba de buenas, me tiraba una tajada, como a un perro. Nunca me daba nada en la mano, pues lo consideraba una humillación para él. Pero, aun con todo, no era el campo de concentración; el caso es que, poco a poco, yo iba pareciéndome a un hombre, y, aunque despacito, empecé a reponerme.

»Durante un par de semanas estuve llevando a mi comandante de Potsdam a Berlín y viceversa; luego, lo mandaron a una zona cercana al frente a construir unas líneas de defensa contra nosotros. Y allí perdí el sueño por completo: me pasaba las noches en vela pensando en cómo fugarme y volver con los míos, a la patria.

»Llegamos a la ciudad de Polotsk. Al amanecer oí, por primera vez en dos años, el estrueno de nuestra artillería, ¿y sabes, hermano, cómo empezó a latirme el corazón? ¡Ni de mozo, cuando iba a ver a Irina, me latía con tanta fuerza! Los combates se desarrollaban al este de Polotsk, a unos dieciocho kilómetros. En la ciudad, los alemanes empezaron a enfurecerse, a ponerse nerviosos; mi gordiflón se emborrachaba cada vez con más frecuencia. Por el día íbamos al campo, y él disponía cómo tenían que hacerse las fortificaciones; por la noche la agarraba a solas. Estaba todo hinchado, unas bolsas colgaban fláccidas, bajo sus ojos…

»”Bueno -me dije-, no hay por qué esperar más, ¡ha llegado la hora! Y no debo fugarme yo solo, tengo que llevarme conmigo a mi gordiflón, ¡le servirá a los nuestros!”

»Encontré entre unas ruinas una pesa de dos kilos, la envolví en un trapo para que, si había que golpear, no brotara sangre, cogí en la carretera un trozo de hilo telefónico, todo cuanto necesitaba, lo preparé cuidadosamente y lo guardé bajo el asiento delantero. Dos días antes de despedirme de los alemanes, iba por la noche a repostar, cuando veo que por el barro camina un suboficial borracho, agarrándose a las paredes. Paré el coche, llevé al suboficial a unas ruinas, le quité el uniforme y el gorro. Todos aquellos bienes los metí también bajo el asiento, y ¡adivina quién te dio!

»El veintinueve de junio por la mañana me ordenó mi comandante que lo llevase fuera de la ciudad, hacia Trosnitsa, donde él dirigía unas obras de fortificación. Partimos. El comandante, acomodado en el asiento de atrás, dormitaba plácidamente, y el corazón parecía querer saltárseme del pecho. Iba de prisa, pero ya en el campo aminoré la marcha; luego, detuve el coche, bajé, volví la cabeza: allá lejos venían dos camiones. Saqué la pesa, abrí bien la portezuela. El gordiflón, recostado en el respaldo del asiento, roncaba como si estuviera junto al costado de su mujer. Bueno, y yo le di un golpe con la pesa en la sien izquierda. Él dejó caer la cabeza. A decir verdad, lo golpeé otra vez, pero no quise matarlo. Necesitaba llevarlo vivo, pues debía contarles muchas cosas a los nuestros.

18

Le saqué de la funda la pistola, me la metí en el bolsillo, hinqué una palanca tras el respaldo del asiento de atrás, enrollé al cuello del comandante el hilo telefónico y lo até con un nudo corredizo a la palanca. Aquello lo hice para que el gordiflón no se derrumbase de medio lado cuando el coche fuera a mucha velocidad. De prisa me embutí en el uniforme alemán y me puse el gorro; bueno, y embalé el coche para ir derecho hacia donde la tierra retemblaba y se desarrollaban los combates.

»Crucé la línea avanzada alemana entre dos fortines. De un blindado saltaron dos soldados con fusiles automáticos, y yo, adrede, aminoré la marcha para que vieran que iba un comandante en el auto. Pero ellos empezaron a dar voces y agitar las manos indicando que hacia allí no se podía ir; yo hice como que no comprendía, pisé el acelerador y escapé a ochenta por hora. Cuando quisieron recobrarse de la sorpresa y comenzaron a disparar con las ametralladoras, yo me encontraba ya en terreno de nadie y zigzagueada entre los embudos abiertos por las bombas, no peor que una liebre.

»Desde atrás los alemanes zumbaban, y desde delante los míos disparaban como locos recibiéndome con el tableteo de sus fusiles ametralladores. Agujerearon el parabrisas por cuatro sitios, el radiador lo acribillaron a balazos… Pero ya estaba en un bosquecillo, más arriba de un lago; los nuestros corrían hacia el auto, y yo me metí a toda marcha en el bosquecillo, abrí la portezuela, caí sobre la tierra, la besé, y no podía respirar…

»Un mozuelo, con unas hombreras en la guerrera que yo no había visto en la vida, fue el primero en llegar hasta mí y me dijo riendo burlón: “¡Ah, fritz del diablo! Conque te has perdido, ¿eh?” Me arranqué el uniforme alemán, tire a mis pies el gorro y le repuse: “¡Ay tonto, alma mía! ¡Hijito querido! ¡Yo qué voy a ser un fritz, cuando he nacido en el mismo Voronezh! Estaba prisionero, ¿te enteras? Y ahora descarguen a ese marrano que traigo en el coche, cójanle la cartera y llévenme adonde está el jefe de ustedes”. Les di la pistola, fui pasando de mano en mano y, al anochecer, me encontraba ya ante un coronel, jefe de la división. Para entonces ya me habían dado de comer, llevado al baño, interrogado y hecho entrega de un equipo completo, de modo que me presenté en el fortín del coronel limpio de cuerpo y alma y vestido con todas las prendas del uniforme. El coronel se levantó de la mesa y vino a mi encuentro. Delante de todos los oficiales me abrazó y me dijo: “Gracias, soldado, por el regalo que nos has traído de los alemanes. Tu comandante y su cartera son más valiosos para nosotros que veinte lenguas3. Gestionaré ante el mando que se te conceda una condecoración”. Sus palabras, su cariñoso afecto me emocionaron profundamente; me temblaban los labios, no me obedecían y sólo pude articular: “Le ruego, camarada coronel, que me envíe a una unidad de infantería”.

»Pero el coronel se echó a reír y contestó, dándome unas palmadas en el hombro: “¿Qué guerrero vamos a hacer de ti, si apenas puedes tenerte en pie? Hoy mismo te mandaré al hospital. Allí te curarán y te alimentarán bien; después, irás a casa, con permiso, a pasar un mes con la familia, y cuando vuelvas a nuestra división, ya veremos dónde te destinamos”.

»El coronel y todos los oficiales que estaban con él en el fortín se despidieron de mí cariñosamente, dándome la mano, y yo salí de allí emocionado por completo, porque en dos años había perdido la costumbre de que se me tratara como a un ser humano. Y fíjate, hermano, durante mucho tiempo después, en cuanto tenía que hablar con los jefes, continuaba encogiendo involuntariamente la cabeza entre los hombros, como si temiera que fuesen a pegarme. Ya ves qué formación nos daban en los campos fascistas…

19

»Desde el hospital escribí inmediatamente a Irina. En la carta le contaba todo con brevedad: cómo había estado en el cautiverio, cómo había huido de allí llevándome al comandante alemán. Pero, imagínate, no pude contenerme las ganas y le dije que el coronel me había propuesto para una condecoración… ¿De dónde me vendría a mí aquella petulancia infantil?

»Dos semanas estuve comiendo y durmiendo. Me daban el alimento poco a poco y con frecuencia, pues si me hubieran dado de golpe todo lo que yo quería, habría hincado el pico; así me lo dijo el doctor. Acumulé fuerzas de sobra. Pero al cabo de las dos semanas, ya no podía tragar ni un bocado. No llegaba respuesta de casa y, lo reconozco, me entró la morriña. Ni siquiera pensaba en la comida, perdí el sueño por completo, toda clase de malos pensamientos me pasaban por la cabeza… A la tercera semana recibí carta de Voronezh. Pero no me escribía Irina, sino un vecino mío, el carpintero Iván Timofeievich. ¡No quiera dios que nadie reciba una carta semejante! Me decía que, en junio del cuarenta y dos, los alemanes habían bombardeado la fábrica de aviación y una bomba grande había caído en mi pequeña jata. Irina y las hijas estaban en aquel momento en casa… Y me comunicaba que no se habían encontrado ni los restos de ellas; en el sitio donde estuviera la jata, quedó una profunda fosa… Aquella vez no pude terminar de leer la carta. Se me nubló la vista, el corazón se me había encogido y continuaba hecho un ovillo sin querer dilatarse. Me eché en la cama, estuve acostado un buen rato y acabé de leerla. Mi vecino me decía que durante el bombardeo Anatoli se encontraba en la ciudad. Al atardecer, volvió a la barriada, estuvo contemplando la fosa y regresó de nuevo a la ciudad. Antes de marcharse, le dijo a mi vecino que iba a pedir que lo mandasen como voluntario al frente. Y nada más.

»Cuando el corazón se dilató un poco y empecé a sentir en los oídos el latir de la sangre, recordé con cuánto dolor se había despedido de mí Irina en la estación. Por consiguiente, su corazón de mujer le decía ya que no volveríamos a vernos más en este mundo. Y aquella vez la aparté de un empujón… Tenía yo una familia, mi casa; todo aquello se había ido formando en el transcurso de años, y de pronto, en un instante, desapareció todo y me quedé solo. Pensaba: “¿No habrá sido un sueño mi vida infortunada?” Pues en el cautiverio, casi todas las noches -mentalmente, claro está- hablaba con Irina, con mis hijitos, les daba ánimos; les decía: “No pasen pena por mí, queridos míos; volveré, soy fuerte, saldré de esto con vida y de nuevo estaremos todos juntos…” Por lo tanto, ¡había estado hablando con los muertos!»

El narrador calló un instante; luego, ya con otra voz, entrecortada, queda, me dijo:

-Echemos un cigarro, hermano, porque me ahogo…

Fumamos. En el bosque, inundado por las aguas del río, se oía el sonoro golpeteo del picamaderos. El tibio vientecillo seguía meciendo perezoso las secas candelillas de los alisos; en la altura, por el azul del cielo, continuaban flotando las nubes, como barcos de tensas velas blancas, pero en aquellos momentos de doloroso silencio, me parecía ya otro aquel mundo infinito que se preparaba para las grandes transformaciones de la primavera, para la eterna confirmación de lo vivo en la vida.

Brain

Era penoso callar, y le pregunté:

-¿Y qué ocurrió después?

-¿Después? -repuso de mala gana el narrador-. Después el coronel me dio un mes de permiso, y una semana más tarde ya estaba yo en Voronezh. Llegué a pie hasta el lugar donde viviera en tiempos con mi familia. Un profundo embudo, lleno de agua herrumbrosa, y en derredor, maleza hasta la cintura… Mala hierba espesa y un silencio de cementerio. ¡Ay, cuánto dolor sentí, hermano! Estuve en pie unos minutos, con el alma llena de pesar, y volví a la estación. No pude permanecer allí ni siquiera una hora; aquel mismo día emprendí el regreso a la división.

»Pero unos tres meses más tarde surgió radiante, sonriéndome, una gran alegría, como asoma el sol entre las nubes: apareció Anatoli. Me mandó al frente una carta, por lo visto desde otro frente. Había sabido mis señas por nuestro vecino Iván Timofeievich. Resultaba que primeramente había ido a parar a una escuela de artillería; allí le sirvió su capacidad para las matemáticas. Al cabo de un año terminó los estudios con notas de sobresaliente y marchó a la línea de fuego, y ahora escribía diciendo que tenía ya el grado de capitán, mandaba una batería del “cuarenta y cinco” y estaba condecorando con seis órdenes y medallas. En resumidas cuentas, que había dejado atrás al padre en todos los terrenos. Y de nuevo, ¡me enorgullecí de él, terriblemente! Puedes decir lo que quieras, pero se trataba de mi propio hijo, hecho ya todo un capitán, un jefe de batería, ¡aquello no era cosa de broma! Y además, con semejantes órdenes. No importaba que el padre transportase en un Studebaker municiones y otros efectos militares, sus afanes eran agua pasada, mientras que el capitán lo tenía todo por delante.

»Y, por las noches, empezaron los ensueños de viejo: terminaría la guerra, casaría al hijo y me iría a vivir con el joven matrimonio, a trabajar, a cuidar de los nietecitos. En fin, toda clase de ilusiones de vejete. Pero también en este caso falló todo. Durante el invierno atacábamos sin descanso, y no teníamos tiempo para escribirnos con mucha frecuencia; al final de la guerra, muy cerca ya de Berlín, le envié una mañana a Anatoli una cartita, y al día siguiente recibí respuesta. Y entonces me di cuenta de que el hijo y yo estamos cerca el uno del otro. Esperaba impaciente, con verdadera ansia el momento en que nos veríamos. Bueno, y nos vimos… Exactamente el nueve de mayo, en la mañana del día de la victoria, un francotirador alemán mató a mi Anatoli…

»Por la tarde, me llamó el jefe mi compañía. Vi que con él estaba sentado un teniente coronel de artillería, desconocido para mí. Al entrar yo en la habitación, se levantó, como ante un superior. El jefe de mi compañía me dijo: “Viene a verte a ti, Solokov”, y se volvió hacia la ventana. Yo noté una sacudida por todo mi cuerpo, como una descarga eléctrica: había presentido algo malo. El teniente coronel se acercó a mí y me dijo en voz baja: “¡Ten valor, padre! Hoy, en la batería, han matado a tu hijo, el capitán Solokov. ¡Ven conmigo!”

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»Me tambaleé, pero me mantuve en pie. Ahora, igual que en sueños, recuerdo cómo íbamos el teniente coronel y yo, en un automóvil grande, avanzando con dificultad por las calles llenas de escombros; recuerdo confusamente una formación de soldados y un féretro envuelto en terciopelo rojo. Y a Anatoli lo veo como ahora a ti, hermano. Me acerqué al féretro. Mi hijo yacía en él, pero no parecía mi hijo. El mío era un muchachito sonriente, estrecho de pecho, con una saliente nuez en el cuello delgado, mientras que allí yacía un hombre joven, guapo, de pecho ancho y ojos entornados, como si estuviera mirando algo muy lejano, más allá de mí, que yo no conocía. Sólo en las comisuras de sus labios había quedado grabada eternamente la sonrisa del hijito de antes. Del pequeño Anatoli de otros tiempos. Lo besé y me aparté a un lado. El teniente coronel pronunció un discurso. Los camaradas y amigos de mi hijo se enjugaron las lágrimas, y las mías, que no llegaron a ser vertidas, debieron de secarse en el corazón. Tal vez por eso me duela tanto.

»Di sepultura en tierra alemana, en tierra extraña, a mi última alegría y esperanza; la batería le disparó una salva de honor, despidiendo a mi hijo en su último, largo viaje, y me pareció que algo se desgarraba en mis entrañas… Llegué a mi unidad anonadado, roto. Pero allí me desmovilizaron poco después. ¿Adónde ir? ¿Quizás a Voronezh? ¡Por nada del mundo! Recordé que en Uriupinsk vivía un amigo mío, licenciado en el invierno a causa de una herida; en una ocasión me había invitado a ir a su casa, lo recordé y partí para Uriupinsk.

»Mi amigo y su mujer no tenían hijos, vivían en una casita propia de las afueras de la ciudad. Aunque era inválido de guerra, trabajaba de chofer en una compañía de transportes; yo me coloqué también allí. Me quedé a vivir en casa de mi amigo, me acogieron en ella. Llevábamos diversas cargas a diferentes comarcas; en otoño, nos incorporamos al transporte del trigo. En aquel tiempo fue cuando conocí a mi nuevo hijito, ése que esta jugando en la arena.

»Cuando volvía a la ciudad, de algún viaje, lo primero que hacía, claro está, era detenerme en un ventorrillo a comprar algo y beberme, como es natural, medio vaso de vodka para matar el cansancio. He de reconocer que por aquel tiempo me había aficionado bastante a esta mala cosa… Pues bien, una vez, junto al ventorrillo, vi a ese chicuelo; al día siguiente lo volví a ver allí. Pequeñito, harapiento, con la carita toda manchada de jugo de sandía, lleno de polvo y mugre, despeinado ¡y con unos ojillos como dos luceritos en la noche, después de la lluvia! Y quedé tan prendado de él, que -cosa rara- hasta empecé a echarlo de menos; cuando volvía de un viaje, aceleraba para verlo cuanto antes. Comía a la puerta del ventorrillo lo que le daban.

»Al cuarto día, viniendo directamente del sovjos, cargado de trigo viré hacia el ventorrillo. Mi chicuelo estaba sentado al borde de la terracilla de entrada, balanceando las piernecitas y, según todos los síntomas, hambriento. Asomé la cabeza por la ventanilla y le grité: “¡Eh, Vania! Monta a escape en el coche, te llevaré al elevador y, desde allí, volveremos aquí, a comer”. Al oír mis voces, se estremeció, saltó de la terracilla, se encaramó al estribo y me preguntó bajito: “¿Y cómo sabes tú, tío, que yo me llamo Vania?” Y con los ojillos muy abiertos esperó mi respuesta. Bueno, yo le dije que, como hombre de experiencia, lo sabía todo.

»Rodeó el camión para subir por la banda derecha; yo abrí la portezuela, lo senté a mi lado y partimos. Aquel chiquillo tan vivaracho se apaciguó de pronto y quedó pensativo, quietecito; de improviso, posó en mí sus ojos de largas pestañas, combadas hacia arriba, y suspiró. Un gorrioncillo como aquel, y ya había aprendido a suspirar. ¿Acaso le correspondía a él eso? Le pregunté: “¿Dónde está tu padre, Vania?” Contestó en un susurro: “Murió en el frente”. “¿Y tu mamá?” “La mató una bomba en el tren, cuando íbamos de viaje”. “¿Y de dónde venían?”

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“No sé, no me acuerdo…” “¿Y no tienes aquí ningún pariente?” “Ninguno”. “¿Dónde pasas las noches?” “Donde puedo”.

»Sentí la quemazón de una lágrima ardiente, que no acababa de brotar, y decidí en el acto: “¡Pasaremos juntos las penas! Lo prohijaré”. Y al instante se me alivió el alma, como si entrase en ella un rayito de luz. Me incliné hacia él; y le pregunté quedo: “Vania, ¿y tú no sabes quién soy yo?” El pequeño inquirió con un hilillo de voz: “¿Quién?” Y yo le respondí, muy bajito también: “Soy tu padre”.

»¡La que se armó, santo Dios! Se abalanzó a mi cuello, me besó la cara, en los labios, en la frente y comenzó a chillar, con vocecilla aguda de pájaro flauta, atronando el pescante: “¡Papaíto querido! ¡Ya lo sabía yo! ¡Sabía que me encontrarías! ¡Que me encontrarías de todos modos! ¡He estado esperando tanto tiempo a que me encontraras!” Se apretó contra mí, y todo de él temblaba, como una hierbecilla agitada por el viento. Entonces, una neblina me veló los ojos y me entró también un temblor por todo el cuerpo, que se me estremecían hasta las manos… ¿Cómo no solté el volante? ¡De milagro! Sin embargo, me metí sin querer en la cuneta; paré el motor; en tanto seguía aquella neblina en los ojos, no quería reanudar la marcha, no fuera a atropellar a alguien. Estuve allí parado unos cinco minutos, y mi hijito continuaba apretándose contra mí, con todas sus fuercecitas, callado, tembloroso. Le pasé el brazo derecho por la espalda, y lo estreché suavemente contra mi pecho mientras con la izquierda viraba el camión y emprendía el regreso hacia casa. Había desistido de ir al elevador, ¡no estaba yo para elevadores en aquellos momentos!

»Dejé el coche a la puerta, tomé a mi nuevo hijito en brazos y lo llevé hacia casa. Él me echó las manecitas al cuello y no se soltó hasta que llegamos. Tenía pegada su carita a mi áspera mejilla sin afeitar, como soldada a ella. Y así lo llevé a la vivienda. Los dueños estaban en la casa. Entré, les guiñé y dije animoso: “¡He encontrado a mi Vania! ¡Dennos albergue, buena gente!” Los dos, que no tenían hijos, comprendieron al instante y empezaron a moverse diligentes. Pero yo no podía apartar al hijo de mí, de ninguna de las maneras. Como Dios me dio a entender, lo convencí de que me soltara. Le lavé las manos con jabón y lo senté a la mesa. La dueña de la casa le llenó el plato de sopa de coles; al ver con qué ansia comía, se le saltaron las lágrimas. Estaba en pie ante el horno de la cocina llorando y enjugándose los ojos con el delantal. Mi Vania se dio cuenta de que lloraba, corrió a ella y le preguntó, dándole tirones de la falda: “Tía, ¿por qué llora usted? El padre me ha encontrado a la puerta del ventorrillo. Todos debían estar contentos, ¡y usted llora!” Y ella, al oír aquello, ¡allá va!, arreció aún más en su llanto. ¡Se deshacía en lágrimas!

»Después de comer lo llevé a la barbería y le cortaron el pelo; en casa, lo bañé yo mismo en un barreño y lo envolví en una sábana limpia. Él me abrazó, y así se quedó dormido en mis brazos. Con cuidado, lo acosté en la cama y me fui con el coche al elevador; descargué el trigo, dejé el camión en la parada y empecé a recorrer las tiendas a toda prisa. Le compré unos pantaloncitos de paño, una camisita, unos zapatitos y una gorrita de paja, con visera. Y, naturalmente, resultó que nada de aquello le venía a la medida y, por su calidad, no valía un comino. Por los pantaloncitos me gané un regaño de la dueña de la casa: “¿Te has vuelto loco? -me dijo-.

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-.¿Cómo va a llevar el niño pantalones de paño con un calor semejante?” Al momento, puso sobre la mesa la máquina de coser, empezó a hurgar en el arcón y, al cabo de una hora, ya tenía mi Vania preparados unos pantaloncitos de satén y una camisita blanca de manga corta. Me acosté con él y, por primera vez en largo tiempo, dormí tranquilo. Sin embargo, durante la noche me levanté unas cuatro veces. Me despertaba y veía que, acurrucado bajo mi sobaco, como un gorrioncillo bajo un alero, respiraba suavemente, ¡y se me llenaba el alma de un gozo que es imposible describir con palabras! Tenía miedo a moverme, no fuera a despertarlo; pero no podía resistir el deseo y me levantaba con mucho tiento, encendía una cerilla y lo contemplaba embelesado…

»Antes del amanecer, me desperté: sentía un ahogo incomprensible. ¿Qué era aquello? Era que mi hijito se había desenvuelto de la sábana y yacía atravesado sobre mí, apretándome la garganta con un piececito; intranquilo era dormir con el chiquillo, pero me había acostumbrado y me aburría sin él. Por las noches, acariciaba al niño dormido, olía sus cabellos alborotados; el corazón sentía alivio, se ablandaba; de lo contrario se me habría petrificado de dolor…

»En los primeros tiempos el chiquillo iba conmigo en el camión, a los viajes; luego, me di cuenta de que aquello no podía ser. ¿Qué necesitaba yo solo? Con un canto de pan y una cebolla con sal, ya estaba harto el soldado para todo el día. Mientras que con él, la cosa variaba: unas veces había que conseguir leche; otras, cocer un huevito, y de nuevo no se podía pasar sin lumbre. No había que dar largas al asunto. Me armé de valor y un día lo dejé al cuidado de la dueña de la casa; allí se quedaba, sorbiéndose las lágrimas hasta el anochecer, y al anochecer corría al elevador para recibirme. Me estaba esperando allí hasta bien entrada la noche.

»Muchos apuros me hacía pasar al principio. Una vez nos acostamos antes del oscurecer. El día había sido de gran ajetreo y yo esta muerto de cansancio; él que siempre piaba como un gorrioncillo, permanecía callado. Le pregunté: “¿En que piensas, hijito?” Él inquirió, mirando al techo: “¿Dónde has dejado el abrigo de cuero, papá?” ¡En la vida había tenido un abrigo de cuero! Hubo que salir del trance: “Me lo dejé en Voronezh”, le dije. “¿Y por qué habías tardado tanto en encontrarme?” Yo le respondí: “Te estuve buscando, hijito, en Alemania y en Polonia, recorrí toda Bielorrusia, a pie y en coche, y resultó que tú estabas en Uruipinks”. “¿Y Uruipinsk está más cerca que Alemania? ¿Y Polonia está más lejos de nuestra casa?” Así charlábamos hasta que nos dormíamos.

»¿Y crees, hermano, que lo del abrigo de cuero lo preguntó porque sí? No, todo aquello tenía su motivo. Por consiguiente, su verdadero padre había llevado en un tiempo un abrigo así, y él lo recordó. Pues la memoria de los niños es como un relámpago de verano: se enciende de pronto, lo ilumina todo por unos instantes y se apaga. Eso le ocurre a su memoria; igual que el relámpago, brilla de cuando en cuando.

»Puede que hubiera vivido con él en Uruipinsk un añito más, pero en noviembre me ocurrió un percance. Iba por el barro, cuando, al pasar por un caserío, el coche dio un patinazo; una vaca se cruzó de pronto en mi camino y yo la derribé. Bueno, ya sabes, las mujeres pusieron el grito en el cielo, se arremolinó la gente, y un inspector de transporte se presentó como por encargo. Me quitó el permiso de conducir, por mucho que le pedí clemencia. La vaca se levantó, alzó el rabo y se fue a corretear por los callejones, y yo me quedé sin el permiso. Durante el invierno trabajé de carpintero; luego empecé a cartearme con un amigo, también compañero del servicio -que trabajaba de chofer en el distrito de ustedes, en la región de Kashar- y me invitó a ir a su casa. Me escribe diciendo que trabajaré medio año en cuestiones de carpintería, y que luego allí, en el distrito de ustedes, me darán un nuevo permiso de conducir.

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»Pero, ¿cómo decirte?, aunque no me hubiera ocurrido ese incidente de la vaca, de todos modos me habría marchado de Uruipinks. La pena no me deja estar mucho tiempo en un mismo sitio. Cuando mi Vania crezca y haya que mandarlo a la escuela, puede que me apacigüe y me asiente en un sitio fijo. Y entretanto, caminamos los dos por la tierra rusa.»

-A él le es penoso caminar.

-Él no anda apenas, la mayor parte del tiempo va a cuestas. Lo siento en mis hombros y lo llevo así; cuando tiene ganas de estirar las piernas, se baja y corretea por el borde del camino, retozando como un cabrito. Todo esto, hermano, no importaría, ya viviríamos de alguna manera los dos, pero se me ha escacharrado el corazón, hay que cambiarle los émbolos… Alguna vez que otra se me oprime y me entra un dolor que veo todas las estrellas del cielo. Temo que cualquier noche me muera dormido y dé un susto a mi hijito. Y además, otra desgracia: casi todas las noches sueño con mis queridos muertos. Y la mayoría de las veces, yo estoy tras la alambrada y ellos al otro lado, en libertad… Hablo de todo con Irina y con mis chicos, pero cuando quiero apartar el alambre de espino se alejan de mí, desaparecen como si se esfumaran ante mis ojos… Y fíjate qué extraño: durante el día, siempre me mantengo bien, sin un ay ni un suspiro, pero cuando me despierto por la noche, está toda la almohada empapada de lágrimas…

En el bosque resonó la voz de mi camarada y el chapoteo de los remos en el agua.

Aquel hombre -un extraño, pero ya para mí un amigo entrañable-, me tendió la mano, grande, dura, como de madera:

-¡Adiós, hermano, que tengas suerte!

-Y tú, que llegues felizmente a Kashar.

-Gracias. ¡Eh, hijito, vamos a la barca!

El chiquillo corrió hacia el padre, se puso a su derecha y, agarrándose al faldón de la enguatada chaqueta, echó a andar, con pasitos rápidos y cortos, junto al hombre que caminaba a grandes zancadas.

Dos seres desvalidos, dos granitos de arena arrojados a tierra extraña por el huracán de la guerra, de una fuerza inaudita… ¿Qué los esperaba en adelante? Y hubiera querido pensar que aquel hombre ruso, hombre de voluntad inflexible, no se dejaría abatir, y que junto a él, al amparo del padre, crecería el otro que, cuando fuese mayor, sería ya capaz de soportarlo todo, de salvar cuantos obstáculos encontrase en su camino, si la patria lo llamaba a ello.

Con honda tristeza, los acompañé con la mirada… Tal vez nuestra despedida hubiera terminado bien, pero Vania, luego de alejarse unos pasos, correteando con sus piernecitas cortas, volvió hacia mí la carita y agitó sin detenerse la manita sonrosada. Y de pronto sentí como si una zarpa, blanda, pero de afiladas uñas, me oprimiese el corazón, y me volví de espaldas, apresuradamente. No, no sólo lloran en sueños los hombres maduros, encanecidos en los años de guerra. Lloran también despiertos. En estos casos, lo importante es saber volverse a tiempo. Lo principal es no herir el corazón del niño, que no vea cómo por tu mejilla corre, parca y ardiente, una lágrima de hombre…

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Leonora Carrington

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Night of the 8th 1987

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Leonora Carrington (Lancashire, Inglaterra, 6 de abril de 1917 – Ciudad de México, 25 de mayo de 20112 ) fue una pintora surrealista y escritora inglesa nacionalizada mexicana.

Biografía
Nace el 6 de abril de 1917 en el pueblo de Chorley, en Lancashire, Inglaterra. En el año 1936 ingresa en la academia Ozenfant de arte, en la ciudad de Londres. Al año siguiente conoce a quien la introdujo indirectamente en el movimiento surrealista: el pintor alemán Max Ernst, a quien vuelve a encontrar en un viaje a París y con quien no tarda en establecer una relación sentimental. Durante su estancia en esa ciudad entra en contacto con el movimiento surrealista y convive con personajes notables del movimiento como Joan Miró y André Breton, así como con otros pintores que se reunían alrededor de la mesa del Café Les Deux Magots, como por ejemplo el pintor Pablo Picasso y Salvador Dalí.

En 1938 escribe una obra de cuentos titulada La casa del miedo y participa junto con Max Ernst en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam.

Previamente a la ocupación nazi de Francia, varios de los pintores del movimiento surrealista, incluida Leonora Carrington, se vuelven colaboradores activos del Kunstler Bund, movimiento subterráneo de intelectuales antifascistas.

Leonora Carrington tenía solo 20 años cuando conoció a Max Ernst en Londres. Entonces el pintor ya contaba con 47 años y con bastante fama como surrealista. La gran diferencia de edad, el hecho de que Ernst además estaba casado, así como sus posiciones surrealistas radicales hacían que esta relación no contara con la anuencia del padre de Leonora. A pesar de ello, la pareja se reencontró en París y pronto se fueron a vivir a la provincia, al poblado de Saint-Martin-d’Ardèche, en una casa de campo que adquirieron en 1938. Hasta hoy se conserva en la fachada de esta casa un relieve que representa a la pareja y su juego de roles: «Loplop», el alter ego de Max Ernst, un animal alado fabuloso entre pájaro y estrella de mar y su «Desposada del Viento»: Leonora Carrington.

La vida tranquila y feliz de la pareja en este sitio duró solo un año. En septiembre de 1939 Max Ernst fue declarado enemigo del régimen de Vichy. Tras la detención y prisión de Ernst en el campo de Les Milles, Leonora sufre una desestabilización psíquica. Ante la inexorable invasión nazi, se ve además obligada a huir a España. Por gestión de su padre es internada en un hospital psiquiátrico de Santander. De este período la pintora guardará una marca indeleble, que afectará de manera decisiva su obra posterior. Leonora describe, en su obra autobiográfica (En bas) los pormenores de esta dramática historia.

En 1941 escapa del hospital y arriba a la ciudad de Lisboa, donde encuentra refugio en la embajada de México. Allí conoce al escritor Renato Leduc, quien terminará ayudándola a emigrar. Ese mismo año contraen matrimonio y Leonora viaja a Nueva York. En 1942 emigra a México y en 1943 se divorcia de Renato Leduc. En México, la pintora restablece sus lazos con varios de sus colegas y amigos surrealistas en el exilio, quienes también se encuentran en ese país, tales como André Breton, Benjamin Péret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen y la pintora Remedios Varo, con quien mantendrá una amistad particularmente duradera.

Fue ganadora del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes, otorgado por el gobierno de México en el 2005.

Falleció a los 94 años en la Ciudad de México el 25 de mayo del 2011.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Leonora_Carrington